Netflix estrenó recientemente su serie biográfica sobre Griselda Blanco, protagonizada por Sofía Vergara, que sigue el viaje de la narcotraficante desde Medellín hasta convertirse en “la madrina” del imperio de la droga de Miami. Pero, como muchas otras series de narcotraficantes, cae en la trampa de los estereotipos.

Griselda Blanco fue una de las narcotraficantes colombianas más prolíficas de los años setenta y ochenta, y la mujer narcotraficante más famosa de América Latina.

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Blanco creció en Medellín y luego se instaló en Nueva York, donde comenzó su carrera en el tráfico de drogas a principios de la década de 1970. Junto con su entonces esposo, Alberto Bravo, y el hermano de este, Carlos, importaba cocaína y marihuana a Estados Unidos. En 1974, Blanco fue acusada e incluida en la lista de los más buscados del estado. Ella y su marido huyeron del país y se establecieron en Medellín, Colombia, donde continuaron dirigiendo su negocio ilícito.

Para 1975, presuntamente había matado a su esposo y se había trasladado a Miami, donde continuó con sus operaciones de tráfico de drogas y se convirtió en la jefa de una poderosa red de narcotraficantes.

Blanco dirigió con éxito su operación hasta 1985, cuando fue detenida durante una operación de la Administración para el Control de Drogas (Drug Enforcement Administration, DEA). Después de que uno de sus sicarios testificara en su contra, fue condenada a 15 años de prisión. Blanco fue liberada en 2004 y se trasladó de nuevo a Colombia, donde vivió hasta 2012, cuando fue asesinada por un sicario en las calles de su barrio.

La serie, de los productores y guionistas de Narcos y Narcos México, retoma la historia de Blanco en 1975. “Griselda” sigue la tendencia marcada por sus predecesoras de presentar versiones ficticias de la vida de infames narcotraficantes latinoamericanos, aunque muy pocas de ellas se han centrado en mujeres. La serie se ha presentado como una nueva versión de la narcoserie en un intento de diferenciarla de otras adaptaciones, como La Reina del Sur, una adaptación de la novela de Arturo Pérez Reverte que, se dice, está inspirada en la narcotraficante Sandra Ávila Beltrán.

Análisis de InSight Crime

La versión ficticia de la historia de Blanco presentada por Netflix se anuncia como un relato innovador sobre una mujer que triunfa en el mundo del narcotráfico, donde predominan los hombres, pero acaba reproduciendo estereotipos sobre las mujeres implicadas en el crimen organizado.

La serie intenta retratar a Blanco como una madre que no tuvo más remedio que meterse en el narcotráfico para mantener a sus hijos tras huir a Miami para escapar de su marido.

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La participación de las mujeres en el violento mundo del crimen organizado, especialmente en puestos de liderazgo, resulta incómoda para los espectadores y para la sociedad. Como resultado, la serie intenta convertir su ascenso a reina de la droga en una historia melodramática de una madre que hace todo lo posible por mantener a sus hijos, recurriendo a la violencia únicamente para protegerse a sí misma y a su familia. Por el contrario, en las historias protagonizadas por narcotraficantes hombres, la violencia es casi esperada, y esa justificación suele estar ausente, como en las representaciones del líder del cártel de Medellín, Pablo Escobar, en Narcos.

“El aspecto de la maternidad parece ser necesario para anclar a este personaje violento en la feminidad, de modo que podamos aceptar la violencia”, dijo a InSight Crime María Luisa Ruiz, profesora de la Universidad de Saint Mary’s de California, que ha estudiado las representaciones de las mujeres en el mundo del narcotráfico. “Siempre hay esa necesidad de asociar a estas jefas ultraviolentas del crimen organizado con su vida doméstica, cosa que no veo en la representación de los hombres”.

En realidad, Blanco se convirtió en una figura notoria por su uso de la violencia. Era conocida por ser despiadada con sus enemigos, e incluso fue pionera en el modus operandi del sicariato, o asesinos a sueldo, que se ha hecho común en todos los países de América Latina.

El uso de la violencia por parte de las líderes criminales —que es variado y complejo— suele pasar desapercibido para los investigadores, las fuerzas de seguridad y los fiscales. Las mujeres violentas, especialmente las relacionadas con el crimen organizado, son tratadas como casos atípicos porque desafían el estereotipo de género de las mujeres como cuidadoras naturales y no como perpetradoras de violencia.

“Hay algo en esa violación de las normas sociales o de las normas culturales esperadas, con lo que creo que la gente todavía se siente incómoda”, dijo Ruiz.

A pesar de que Vergara afirmó que quería evitar glorificar la vida de Blanco, la serie hace todo lo contrario, presentando su vida como el viaje de una (anti)heroína en su ascenso y caída.

“Esta historia es ‘Scarface’, es ‘El Padrino’ con drogas”, dijo Ruiz. “Sigue siendo esa idea de una persona que tiene su viaje… Y para mí, ese enfoque individual realmente pierde el hecho de que tienes esta red [criminal] organizada”.

Las mujeres implicadas en el tráfico de drogas no suelen dirigir imperios de la droga. Es más frecuente que estén empleadas en los rangos más bajos de los grupos delictivos, como correos humanos, vigías y vendedoras al por menor, y pocas de ellas consiguen escalar a posiciones de mando en las organizaciones dominadas por hombres. A pesar de su rango inferior, las mujeres suelen ser castigadas con penas más duras que sus homólogos masculinos por los mismos delitos, porque han traicionado las ideas tradicionales de feminidad. La realidad de las mujeres en prisión y su relación con el mundo criminal es menos espectacular que el ascenso y la caída de una reina de la droga, pero es igual de ilustrativa de la dinámica criminal.

La serie también ignora deliberadamente el verdadero comienzo de la carrera de Blanco como narcotraficante, como han señalado varias críticas. En 1975, cuando comienza la serie, Blanco ya era una prolífica narcotraficante que dirigía un lucrativo negocio con su marido. Sin embargo, la serie minimiza su papel en el negocio para hacer más dramático su supuesto ascenso a reina del crimen. Se la presenta como un personaje marginal en el negocio de la droga de su marido, y en un momento dado se insinúa que él la explotó sexualmente para pagar deudas a su hermano.

Sin embargo, los documentos judiciales y las investigaciones periodísticas sobre su vida demuestran que era una pieza central en la red de narcotráfico. Este es otro error común en las narcoseries: a pesar de ser actores clave en las actividades ilícitas, las mujeres suelen ser retratadas como personajes secundarios. A lo largo de los seis episodios de “Griselda”, las mujeres, incluida la propia Blanco, son retratadas como objetos sexuales y esposas trofeo con escasa agencia en sus vidas y que se ven arrastradas por los hombres que dirigen el negocio de la droga.

Al final, “Griselda” no es más que otra serie de televisión sobre narcotráfico destinada a entretener al público angloparlante, en lugar de contar la verdadera historia de una mujer extremadamente violenta que ascendió en las filas del mundo de la droga y sentó un precedente sobre cómo entendemos la participación de las mujeres en el crimen organizado.