
Episodio especial en español
La Sombra de El Dorado
InSight Crime viajó hasta las montañas de Segovia en busca del oro de sangre de Colombia, un metal que nos convierte a nosotros, los consumidores globales, en cómplices del conflicto, el crimen y la corrupción. Pero lo que encontró no solo fue un rastro que conduce a mafiosos y señores de la guerra, sino también a presidentes e inversionistas multimillonarios.
Acompáñenos a descubrir la historia oculta de Segovia, un pueblo que dejó atrás su vocación industrial para convertirse en un enclave mafioso, y a desentrañar el rostro del capitalismo salvaje que impera en los rincones olvidados de la dorada economía global.
La serie documental completa ‘The Shadow of El Dorado’ está narrada en inglés, puedes explorar los 8 episodios aquí.
Galería: El proceso minero
Las minas de Segovia se adentran cientos de metros en las laderas de la montaña, donde el aire se vuelve caliente, denso y difícil de respirar. Cada día, los perforadores abren huecos en la roca con taladros neumáticos ensordecedores, los llenan con explosivos y se retiran antes de que la detonación haga caer las piedras y libere una densa nube de gases tóxicos.


El siguiente turno llega cuando el polvo ya se ha asentado, pero el sabor amargo persiste en la garganta y una capa gris y pegajosa de polvo húmedo se adhiere a la piel. Los fronteros perforan la roca suelta con cinceles y mazos.
En túneles apenas lo suficientemente anchos para estirar los brazos y justo lo bastante altos para estar de pie, los fronteros llenan sacos con las rocas sueltas y los cargan sobre los hombros de los “catangueros”, como se llama a los cargadores. Los sacos pesan más de 50 kilogramos.


Los catangueros caminan encorvados casi en ángulo recto, con las rodillas hinchándose a cada paso. Aunque algunas minas tienen un viejo vagón sobre rieles, la mayoría de los catangueros cargan los sacos hasta la superficie, ya sea subiendo endebles y resbaladizas escaleras de madera o trepando túneles empinados de barro, piedra y rocas bajas.
Los mineros llevan el mineral a molinos rudimentarios conocidos como entables. Estos artefactos se encuentran por todo Segovia, y las calles del pueblo retumban día y noche con el golpeteo de los “cocos voladores”, unos cilindros movidos por correas, donde el mineral se mezcla con agua y mercurio, y es triturado con bolas metálicas hasta volverse lodo.


Después de tres horas, el coco se vacía en enormes cubetas. Los desechos acuosos corren por un canal en el suelo hasta salir por la parte trasera del edificio, donde se juntan con un alud de lodo.
Los mineros tamizan la solución usando una batea de madera tradicional en busca de amalgamas de oro y mercurio formadas en el coco. La amalgama luego se exprime en una pequeña bola compacta.


Los mineros entregan sus amalgamas a los compradores de oro y esperan con ansiedad mientras las envuelven en plástico arrugado para controlar el calor y evitar que exploten, antes de arrojarlas a una llama de gas. El oro se desmorona en pequeñas cacerolas y el mercurio se convierte en vapores que se liberan al aire.
Semanas de trabajo y toneladas de mineral se reducen a apenas unos gramos de oro. Los mineros nunca saben cuánto recibirán por su trabajo hasta que finaliza este proceso.


Los residuos de este proceso aún contienen entre 40% y 60% del oro extraído, que ahora pertenece al dueño del molino. Estos se arrojan a enormes tanques que remueven la mezcla durante 24 horas con cianuro y otros químicos. El proceso deja un trozo de oro mezclado con otros metales que se han desprendido de la roca.
Videos
Video Mina Las Brisas
Video del paro

La mayor parte del oro extraído ilegalmente en Colombia se vende a numerosos intermediarios, conocidos como “compras de oro”, que operan en las zonas mineras y centros de comercio. Desde allí, debe encontrar un punto de entrada en la cadena de suministro legal.

Luego se utilizan documentos fraudulentos para hacer pasar el oro del mercado negro como producción de mineros artesanales —sobre todo barequeros— o de minas y asociaciones con títulos de explotación legal.

El oro ilegal es adquirido por exportadores. En muchos casos, estas compañías compran directamente a los compradores de oro, que lo lavan por sí mismos, o a través de intermediarios que operan redes especializadas de lavado. Sin embargo, investigaciones han demostrado que varios exportadores supuestamente han instalado sus propias redes de proveedores ficticios para lavar el oro.

Una vez exportado a las refinerías internacionales, el oro se funde y se mezcla con metales de diferente origen para refinarse mediante el proceso de fundición, lo que lo vuelve completamente imposible de rastrear.

Las refinerías venden a empresas tecnológicas y joyeros, que lo usan en manufactura, y a comerciantes de lingotes que lo negocian en los mercados de materias primas.
Transcripción
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Elisa [00:00:01]: El 3 de marzo de 2025, Jaime Gallego salió de Segovia, un pueblo en las montañas de Colombia, en donde era un líder minero. Cerca de las 09:30 de la mañana le envió un mensaje a un compañero por WhatsApp y luego no se supo nada más de él. Durante siete días de angustia, Segovia mantuvo una vigilia en la plaza principal con docenas de velas encendidas.
Hasta que llegó la noticia que todos temían pero que en el fondo esperaban.
Jaime dedicó su vida a la lucha social.
Jaime Gallego [00:01:04]: Porque nosotros somos los que mandamos y somos los que ejercemos y somos los que hemos dado riqueza en este país, no para que nos exploten y nos criminalicen como.
Elisa [00:01:12]: Era confrontativo y a veces podía parecer seco y malhumorado. Pero detrás de esa coraza había un sentido del humor sutil y un amor muy grande por un pueblo que desde afuera podría parecer difícil de amar.
Su última lucha fue como líder de la Mesa Minera, una organización creada para defender a los pequeños mineros de Segovia. Representar a los mineros hizo de Jaime un líder visible en el pueblo, pues en Segovia el oro lo es todo. Es el precio que le paga al mundo por el derecho a existir.
Después de pasar un tiempo en Segovia, es difícil escapar de la sensación de que su oro está maldito y el pueblo también. La sed de oro no solo ha envenenado la tierra, el agua y el aire, sino que también ha corroído el tejido social; ha trastocado los límites de la moral y ha convertido a Segovia en un pueblo mafioso. Y en un pueblo mafioso siempre hay alguien dispuesto a matar en nombre del poder.
En algún momento, Jaime cruzó una línea y tocó los cables del poder. Nadie sabe cuándo, pero todos saben que en Segovia, cuando eso pasa, el precio es la muerte. Nadie sabe quién tiró del gatillo, pero todos saben quién lo mató. Fueron ellos. El brazo armado del poder en Segovia.
Este es un episodio especial en español de The Shadow of El Dorado, La sombra de El Dorado, una serie de podcasts de Insight Crime, resultado de ocho años de investigación y trabajo de campo que cuenta la historia de la compleja red de corrupción, violencia y complicidad detrás del negocio del oro en Segovia, un pueblo minero colombiano convertido en enclave mafioso. Esta es una investigación de James Bargent y Mat Charles narrada por mí, Elisa Roldán.
Jaime Gallego [00:03:26]: Mi nombre es Jaime Gallego. Soy hijo de esta tierra del municipio de Segovia, uno de los sobrevivientes de la masacre del 11 de noviembre.
Elisa [00:03:37]: El día en que ellos anunciaron que Segovia y su oro les pertenecían, Jaime estaba ahí. Era un viernes por la tarde y estaba sentado en el quiosco del parque tomándose media botella de aguardiente con unos amigos para espantar el calor. De pronto vio unas luces de bengala iluminar el cielo. Luego escuchó disparos y una explosión. Y después los vio. Eran cuatro hombres armados con fusiles y granadas. Llevaban uniformes militares, pero sin insignias.
Jaime Gallego [00:04:08]: Luego ellos dispararon hacia el quiosco. Y en el quiosco, en toda la mitad del quiosco, arrinconado contra una columna, había un secretario de un juzgado dormido que estaba borracho. Y solamente yo vi que el hombre botó una bocanada de sangre, inmediatamente como fue un tiro en el corazón.
Elisa [00:04:29]: Jaime se escondió detrás de una pared del quiosco.
Jaime Gallego [00:04:31]: Y había una niña y había dos muchachos escondidos debajo del parquecito y pasaron por acá tres hombres bien armados. Y uno de ellos le dijo a los otros: ‘ vélos ahí dale vos que yo ya no tengo munición’. Inmediatamente les dio un rafagazo y quedaron muertos acá.
Elisa [00:04:51]: Desde su escondite vio cómo los cuatro hombres lanzaban una granada a la multitud reunida al frente de la iglesia para asistir a la misa.
Jaime [00:05:00]: En esta vía, allí había una buseta donde había gente para salir hacia las cruces del corregimiento de la Cruzada. Y ahí mataron en la buseta a una señora y una niña. Quedaron también muertos a tiros.
Elisa [00:05:15]: La masacre cobró la vida de 46 personas. Fue una reacción en cadena del poder, un reflejo instintivo de las élites colombianas que se sintieron amenazadas por la elección de un alcalde de izquierda. Los caudillos políticos corruptos que hasta entonces habían controlado el pueblo invocaron un escuadrón paramilitar de la muerte en alianza con la Policía, el Ejército y con el respaldo de la gerencia de la empresa donde trabajaba Jaime: Frontino Gold Mines, la misma empresa sobre la que se construyó Segovia.
Jaime Gallego [00:05:51]: Porque ellos también están con su pecado y no quieren que el país lo conozca y por eso cubren con falsos positivos. Por eso cubren con sus procesos en las fiscalías, en Procuraduría, para que nosotros los colombianos no nos demos cuenta de las fechorías de las multinacionales. Y estos diputados, estos senadores corruptos que hay allá. Que a nosotros solamente nos tildan de criminales y los criminales son ellos.
Elisa [00:06:20]: Cuando Jaime se involucró por primera vez en la lucha minera, Segovia era un pueblo muy distinto. La guerra fría criolla de Colombia se había convertido en una dinámica de capitalismo salvaje e indomable. Los escuadrones de la muerte se convirtieron en ejércitos paramilitares. Luego, cuando la fachada política del conflicto colombiano empezó a quebrarse, esos ejércitos se convirtieron en milicias criminales.
Desde 2012 hasta hoy esas milicias en Segovia han tomado el nombre de Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), también conocidas como el Clan del Golfo.
El modelo económico paternalista representado por Frontino Gold Mines, que no solo ofrecía trabajo estable en sus tres minas gigantescas, sino también salud, educación, vivienda e incluso alimentos subsidiados para sus trabajadores, también cambió. En su lugar llegó su equivalente moderno, un capitalismo de accionistas agresivo y dinámico respaldado por un gobierno comprometido con el libre mercado y la inversión extranjera. El rostro de ese nuevo modelo era una empresa contra la que Jaime lucharía durante una década. La multinacional canadiense Gran Colombia Gold.
Cuando Gran Colombia compró los activos de Frontino, no solo se quedó con todas las minas, sino también con los derechos sobre casi todo el oro alrededor de Segovia. Esto dejó poco margen para otro tipo de minería en Segovia: la minería a pequeña escala.
Jaime Gallego [00:07:59]: Porque en Segovia el título minero del 95% de sus suelos de la Gran Colombia es un título a perpetuidad. Y entonces la Gran Colombia lo que quiere es coger a toda la pequeña minería y ponerla a trabajar hacia ellos. O sea, esclavizarlos hacia la multinacional. Y si nosotros permitimos esto, sería como el acabose de este pueblo. Porque este pueblo en 100% depende de la pequeña minería.
Elisa [00:08:28]: Cinco años después de la llegada de Gran Colombia a Segovia, Jaime y otros líderes comunitarios fundaron la Mesa Minera, una organización que busca defender a los pequeños mineros de las fuerzas combinadas del Gobierno y Gran Colombia, que, según los mineros, estaban empeñadas en destruirlos.
Jaime Gallego [00:08:47]: Esta lucha frontal ya no es solamente con el gobierno debido a sus políticas o debido a sus leyes. Ya es contra también de la multinacional que existe acá, como es la Gran Colombia ¿Por qué la Gran Colombia? Porque el gobierno colombiano en este momento legisla a favor de las multinacionales.
Elisa [00:09:10]: En la primera línea de esa lucha frontal estaban miles de mineros y cientos de minas. Una de estas minas era la Mina Las Brisas.
La entrada de las Brisas (la bocamina) es como la de cualquier otra mina de pequeña escala que salpica las montañas alrededor de Segovia. Tiene soportes de madera que forman un rectángulo desplomado sobre una enorme oscuridad. Los mineros trabajan en una bajada empinada de 300 metros por un túnel angosto y rocoso. Abajo, el aire es caliente y denso. Un residuo acre y húmedo, que queda de los explosivos que usan los mineros, termina por formar una capa de polvo lodoso sobre las rocas. Bajo tierra, dos hermanos fueron los guías de James y Matt, nuestros investigadores.
Carlos Durango [00:09:58]: Pueden ver acá. Contiene pirita, calcopirita, galena y oro.
Elisa Roldán [00:10:09]: Él es Carlos Durango, más conocido como “Pelo Mula”. Pelo Mula explicó cómo es que los mineros trabajan la veta, el término minero para la línea de oro incrustada en los muros del socavón.
Carlos Durango [00:10:22]: Aquí estamos haciendo la limpieza de un frente de trabajo. Nosotros primero desmontamos la mina. Nosotros llamamos, desmontar todo lo estéril y dejamos la mina en el piso. Y luego sacamos una jornada especial para sacar la mina. Entonces nosotros aproximadamente acá frente le metemos entre diez y 12 quemas y luego sacamos el mineral para llevarlo a la molienda.
Elisa [00:10:48]: Todo empieza con los perforadores que taladran la roca y crean agujeros en los que insertan explosivos. Luego se retiran para detonarlos con la esperanza de derrumbar solo el área deseada. Cuando baja el polvo entran los fronteros, que son los encargados de romper la pared de roca suelta con cinceles y mazos y luego ponerla en costales del tamaño de una nevera pequeña. En la mayoría de las minas esos costales son cargados hasta la superficie por unas personas llamadas catangueros. Los catangueros. flexionados casi en ángulo recto, con las rodillas sobresaliendo a cada paso, deben escalar por túneles verticales sobre tablones resbalosos.
Jorge Sepúlveda [00:11:33]: Serían dos elevadoras. Esta que es interna.
Elisa [00:11:38]: Él es Jorge Sepúlveda, medio hermano de Pelo Mula. Jorge explicó que en Las Brisas los catangueros pueden descargar el mineral en un carrito destartalado y una máquina elevadora lo sube hasta la superficie.
En la superficie, la riqueza de la mina se reparte más o menos cada 15 días según un sistema de clases bien definido. Los primeros costales del mineral van para los socios, los inversionistas y administradores que tienen participación en el negocio. El resto se divide entre la mano de obra: mineros como Jorge y Pelo Mula. De vuelta en la superficie de la mina, James y Matt conocieron a Fabián Gutiérrez.
Fabián Gutiérrez [00:12:22]: Si yo en estos momentos, acá en Las Brisas soy el administrador. Esto lo conforma una sociedad y la sociedad me nombró para que les administrara. Y ellos me dan un pago.
Elisa [00:12:36]: Fabián les contó la historia de Las Brisas.
Fabián Gutiérrez [00:12:38]: Porque esa mina tiene mucho tiempo de estar funcionando. Por ahí de 30 años de estar funcionando. Y el dueño de esta mina, el señor, falleció. Al señor fallecer, la mina la abandonaron. Yo al llegar ya con estos socios ahora ya la reactivamos, la reactivamos y empezamos a explorarla.
Elisa [00:13:00]: Hoy, según Fabián, Las Brisas es una de las mejores minas de Segovia, no solo da empleo a 60 mineros, sino también a unas 100 chatarreras, mujeres que revisan toneladas de piedra descartada por la mina en busca de pequeños restos de oro.
Fabián Gutiérrez [00:13:17]: Y ahí van pues. Ahí van. Acá vemos uno de los puestos donde ellas hacen el proceso, que es recoger el mineral y lavarlo en un costal. Esto es muy artesanal. Esto es de muchos años acá en el pueblo. Aquí trabajamos. Es como la familia.
Elisa [00:13:53]: Para Jaime y la Mesa minera, este tipo de minería es ancestral o tradicional y en cierto sentido lo es. Los segovianos han trabajado así por generaciones. Pero también es más complicado que eso. Como Fabián, Jorge y Pelo Mula, la mayoría de los mineros segovianos de cierta edad trabajaron antes en una de las minas que pertenecían a Frontino y hoy son de Gran Colombia.
Con la llegada de Gran Colombia a Segovia, en 2010, hubo despidos masivos, pensiones que no se pagaron y las minas se repartieron entre los intermediarios que ofrecían contratos temporales con sueldos fluctuantes y sin beneficios ni estabilidad laboral.
Y fue también en esa época cuando muchas minas informales en Segovia comenzaron a operar. La mayoría de los inversionistas, administradores y mineros de estas minas eran antiguos empleados de Frontino, indignados por haber perdido su trabajo o su pensión y que tenían el conocimiento y la experiencia por los años y años que trabajaron en la empresa.
El gobierno y Gran Colombia llaman ilegales, incluso criminales a estas minas. Y más o menos lo son. No tienen permisos para operar y el oro que extraen, legalmente hablando, le pertenece a quien tiene la concesión. O sea, a Gran Colombia, aunque ésta no tenga ni el interés, ni la capacidad de explotar las vetas menores cercanas a la superficie, que es donde operan los mineros informales. Pero más allá de eso, estas minas hoy son una fuente clave de ingresos para ellos: las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, las AGC.
El Gordo [00:15:38]: Si tiene un negocio, un depósito, a todo el mundo le cobran vacuna. Cobran la plata a fin de mes; comienzan a cobrar desde 20 hasta 27. Son siete días que comienzan a cobrar las vacunas.
Elisa [00:15:48]: Este hombre es un financiero. Lleva las cuentas para una célula regional de las AGC en un pueblo minero cercano a Segovia. Allí la minería es a cielo abierto, no bajo tierra como en Segovia. Pero la dinámica criminal es la misma. Acordamos distorsionar su voz para proteger su identidad. Vamos a llamarlo “El Gordo”.
El Gordo [00:16:07]: Me matan a ese hijo de puta. Me matan a la perrita que usted vio me la pican.
Elisa [00:16:12]: Durante la conversación, El Gordo explicó cómo para la célula en particular donde trabaja el sistema de extorsión minera de las AGC se volvió más rentable que el narcotráfico.
El Gordo [00:16:23]: Las detenciones a los mineros sucede de esta manera: el minero va a trabajar a la mina. O sea, tiene sus máquinas trabajando. Por las máquinas paga una plata mensual.
Elisa [00:16:32]: Calculan las tarifas con base en su propio análisis financiero. Generalmente, luego de obtener información interna sobre la producción y las ganancias de la mina, cobran por la operación de una mina o una planta de procesamiento, y por cada equipo o maquinaria que los mineros utilizan.
El Gordo [00:16:49]: Fuera del 10% de lo que saque en cada lavada.
Elisa [00:16:52]: Pero la extorsión es solo una parte del negocio.
El Gordo [00:16:55]: Ellos tienen sus propias minas que ellos venden y las compran por medio de cualquier persona pobre. Por ejemplo, yo no tengo nada. Yo vengo y soy amigo de un paraco. Bueno, te voy a conseguir dos máquinas para que trabajes y la mina va a ser tuya, Pero la mina en realidad es de nosotros. O sea, ponen una fachada.
Elisa [00:17:13]: En Las Brisas no les gusta hablar del tema, ni entraron en detalles. Pero tampoco tenía sentido negar que hacen un pago mensual a las AGC. Por supuesto que pagan. Como explicó Jorge, todos pagan.
Jorge Sepúlveda [00:17:27]: Los pequeños mineros somos chantajeados. Los pequeños mineros tenemos que pagar vacunas a las bandas criminales. Prácticamente nosotros somos robados. Y yo creo que si nosotros fuéramos delincuentes, no estaríamos metidos en un hueco a 200, 300 metros bajo tierra. Estaríamos extorsionando también.
Elisa [00:17:47]: Y no son los únicos. Según documentos filtrados de la Fiscalía obtenidos por Insight Crime, el mayor subcontratista de Gran Colombia tuvo que pagar 65.000 dólares a las AGC para que cancelaran un atentado en contra de él y su familia. Los equipos de mineros, conocidos como combos que trabajaban para él, comenzaron a pagar la extorsión de sus propios bolsillos después de que las AGC emprendieran una campaña de terror en 2015 que dejó a dos mineros muertos. Esa fue una de las razones por las que Pelo Mula dejó su trabajo en las minas de la empresa para irse a Las Brisas.
Carlos Durango: [00:18:28] Ya no era rentable tampoco trabajar con él. Incluso yo tengo muchos compañeros allá que se están exponiendo allá porque la mina no le está dando. Y si les da una cosa no les da para la otra.
Elisa [00:18:40]: La batalla sobre nombres y conceptos fue central en la lucha de Jaime y la Mesa Minera. Sabían que si eran tachados de criminales, nadie iba a escuchar sus reclamos. Y para Jaime, la hipocresía de esa campaña de desprestigio era insoportable.
Jaime Gallego [00:18:56]: Para nadie es un secreto que los mineros son víctimas del conflicto. Y todos los grupos al margen de la ley pues los extorsionan, los vacunan. Y la Fiscalía del Gobierno los toma como patrocinador al grupo al margen de la ley. Las multinacionales supuestamente también hacen lo mismo, pero para la multinacional, el gobierno y la fiscalía los toman como los extorsionaron y entonces hay que protegerlos y les mandan Ejército y Policía. En cambio a nosotros nos hacen los procedimientos judiciales como patrocinadores del grupo.
Elisa [00:19:27]: El Gobierno, dijo Jaime, estigmatizaba a los pequeños mineros como criminales para abrirle paso al modelo que prefería: uno impulsado por capital extranjero y mano de obra barata. Jaime buscaba una salida a ese círculo vicioso. Los pequeños mineros no querían ser ilegales, mucho menos criminales. Querían trabajar dentro del sistema, cumplir las normas ambientales y laborales y pagar impuestos.
Jaime Gallego [00:19:53]: Si nos queremos formalizar, si queremos trabajar, si nos queremos coger a la ley. Pero que una ley que no sea tan lesiva, sino que sea equitativa para todo el mundo.
Elisa [00:20:05]: Para todo el mundo, los pequeños mineros y Gran Colombia. Desde las oficinas modernas y bien iluminadas de Gran Colombia, en un barrio exclusivo de la ciudad de Medellín, el conflicto se veía de forma muy diferente.
José Noguera [00:20:23]: Es un conflicto, pero entre la legalidad y la ilegalidad. La compañía entiende que la cultura de la región ha sido una cultura de ilegalidad durante muchos años.
Elisa [00:20:33]: Él es José Noguera. Para el momento en el que hablamos con él, era el Vicepresidente de Asuntos Corporativos de Gran Colombia. Según Noguera, cuando Gran Colombia adquirió los activos de Frontino, no solo heredó unas minas, sino también los problemas sociales de un pueblo con una cultura de ilegalidad.
José Noguera [00:20:52]: Se encontraron muchas cosas. Entre ellas: trabajo infantil, prostitución infantil, lavado de dinero, operación de bandas criminales en el área, minería ilegal, como un componente en el cual se podría decir que el 90% de la población vive de la minería ilegal. Las minas de Gran Colombia Gold invadidas, las operaciones propias invadidas por miles o cientos de mineros ilegales.
Elisa [00:21:19]: A pesar del choque cultural, Noguera dijo que la empresa estaba comprometida con buscar una solución junto con los mineros. Si ellos estaban dispuestos.
José Noguera [00:21:29]: Entonces nuestra visión como compañía es que estamos seguros que, de la mano del gobierno nacional y de la mano del gobierno departamental, con la ayuda de Gran Colombia Gold, podemos formalizar a todos los mineros que están dentro del título. Hay que tener en cuenta algo: no todos los mineros se quieren formalizar porque no todos están interesados en entrar a la legalidad.
Elisa [00:21:55]: Jaime y la Mesa Minera querían trazar un camino fuera de ese callejón sin salida.
Pero casi inmediatamente después de crear la Mesa, a Jaime y sus colegas les quedó claro que estaban acercándose a esa línea que nunca debe cruzarse.
Jaime Gallego [00:22:16]: En el mes de febrero, pues yo tuve la primer llamada amenazando por pertenecer a la mesa minera. En el mes de mayo, nuevamente una llamada. Yo estando en tarima recibí una llamada donde me decían que dejara de güevonear con tarimas y marchas y todo ese cuento.
Elisa [00:22:34]: Era algo que Jaime sabía que debía tomarse en serio. Los líderes sociales y sindicalistas habían sido blancos de los paramilitares desde la masacre del 88 y los que se opusieron a la llegada de Gran Colombia sufrieron amenazas y un atentado días antes de que la empresa cerrara el acuerdo en 2010.
Las llamadas que recibió Jaime después de crear la Mesa fueron solo el comienzo. Luego llegaron los panfletos, como se le conoce a las amenazas escritas en Colombia. El primero empezaba con una amenaza de lo que en el país se llama “limpieza social”.
Cuando grupos armados anuncian su intención de exterminar a personas consideradas indeseables. Incluía una lista de objetivos. Primero mentirosos, estafadores y embaucadores. Luego la comunidad LGBTIQ+, comerciantes de oro, inescrupulosos consumidores de drogas y finalmente, cualquier persona que estuviera en la calle después de las 6 pm. Pero después era más específico. Declaraba a la Mesa Minera como objetivo militar y señalaba a Jaime llamándolo un bulloso ignorante que no es más que un sindicalista resentido. “Si debe haber otra masacre, se harán las que sean necesarias”, concluía la amenaza. El panfleto seguía el patrón clásico. Pero no estaba firmado con un nombre, sino con una descripción extraña: Grupo Revolucionario que Lucha Por la Igualdad Social.
Jaime Gallego [00:24:10]: Nosotros en el pueblo en ese entonces, no conocemos ningún grupo que se llame así. Porque incluso los grupos de autodefensas, los grupos guerrilleros, cada que sacan ellos un panfleto, un comunicado, pues ellos sacan con el logotipo, todo como oficialmente sobre ellos. Y este panfleto pues salió más bien como de unos amigos que no quieren este proceso, que están a favor de la multinacional y es más, puede venir hasta la multinacional.
Elisa [00:24:39]: El siguiente panfleto también empezaba con otra amenaza de limpieza social, esta vez dirigida contra proxenetas, jíbaros y ladrones. “Les vamos a demostrar de una vez por todas quién es quién manda aquí. Nuestro fusil y pistola”, decía. Pero también señalaba a la Mesa Minera, en particular a tres personas. Entre ellas, una vez más, a Jaime.
Jaime Gallego [00:25:05]: Ese panfleto salió de un día después de que nosotros tuvimos una reunión con la multinacional y no les paramos firmes y les dijimos la verdad, que vinieron y le rechazamos una cantidad de cosas. Y en ese panfleto mencionan las tres personas que en esa reunión, en realidad, les dijimos la verdad y rechazamos todo el accionar de ellos.
Elisa [00:25:27]: Este segundo panfleto estaba firmado “La Mano que Limpia”. Este no es un nombre usado por ningún grupo armado activo en la región, lo cual a Jaime le pareció raro.
Jaime Gallego [00:25:37]: Lo que pasa es que ellos, con el objetivo de amenazar a la Mesa Minera para que nosotros bajemos las banderas en la defensa de la pequeña minería, entonces ellos cogen y redactan y dicen que es limpieza de grupo social como para camuflar el accionar de ellos y que no se vea de dónde viene. Pero todas las hipótesis dicen que son los amigos de la multinacional.
Elisa [00:26:03]: Nuestros investigadores hablaron con el Jefe de seguridad de Gran Colombia. Le preguntaron por las amenazas, pero fue displicente. Dijo que cualquiera puede escribir lo que quiera y que eso se propaga como pólvora en el pueblo. Pero en septiembre de 2016, dos meses después de la amenaza de La mano que Limpia, llegó un ataque del otro flanco y Segovia llegó a un punto de quiebre.
El aviso ocurrió en Las Brisas, la mina que James y Matt habían visitado. Una delegación de funcionarios del gobierno llegó a la mina con escoltas militares para realizar una inspección técnica. La visita buscaba verificar que la mina estuviera dentro de la concesión de Gran Colombia. Era el preámbulo de una orden de cierre de Las Brisas y todos lo sabían. Mineros de todo el pueblo bajaron a la mina para impedir la entrada de los funcionarios.
Después de un debate acalorado con un oficial del Ejército intentando mediar, la delegación subió a su camioneta y dio media vuelta, mientras era abucheada por la gente. Pero la mesa minera sabía que ahora luchaba contra el reloj. A la empresa ya no le interesaba hablar. Venían por todos. Así que convocaron a un paro no sólo de las minas, sino del pueblo entero. Segovia se cerró totalmente. Desde el principio, Jaime sabía que estaban caminando por una línea delgada. Tenían que contener la rabia de la gente para no permitir a sus adversarios retratarlos como revoltosos. Pero demasiada pasividad podría fácilmente parecer debilidad.
Jaime Gallego [00:28:08]: Les recuerdo nuestra lucha es pacífica. Es pacífica. ¿El objetivo? Que nos dejen trabajar nuestra pequeña minería mientras no nos vengan a atacar. Porque si nos ven en aporrea nos tenemos que defender.
Elisa [00:28:25]: Durante cinco días sostuvieron la línea y mantuvieron un bloqueo sobre las minas de la empresa, lo que costó millones de dólares en pérdidas a Gran Colombia. Pero luego llegó el temido Escuadrón Antimotines de la Policía.
Tras una mañana de riñas y riñas, los manifestantes retomaron las calles.
Fue el principio del fin del paro. Los antimotines se retiraron y todas las partes acordaron reunirse en Medellín: la Mesa Minera, el Gobierno departamental de Antioquia, representantes de la presidencia de los Ministerios de Minas y Ambiente y de Gran Colombia Gold. El paro se levantó formalmente después de la reunión con el anuncio de la creación de otra mesa, esta vez llamada la Mesa de Soluciones. Pero la paz duró solo ocho meses. Cuando las negociaciones volvieron a estancarse, Gran Colombia Gold solicitó una intervención oficial. La Mesa Minera, temiendo una operación militar para despejar las minas de Segovia, declaró otro paro y esta vez no hubo forma de contener la rabia.
Pronto quedó claro que el paro se salió del control de la Mesa Minera. En las calles, los segovianos libraban batallas diarias contra la Policía que fueron subiendo de tono. Los palos y las piedras dieron paso a los cócteles molotov y los explosivos artesanales.
El paro duró 43 días. El acuerdo que finalmente le puso fin establecía que la Mesa Minera, el Estado y Gran Colombia trabajarían juntos para formalizar las minas informales, mejorar las condiciones de los pequeños mineros y poner freno a la minería ilegal. Pero una vez más las soluciones no llegaron.
Jaime Gallego [00:31:13]: Se firmaron unos acuerdos, pero acuerdos que no fueron cumplidos. Esa mesa de soluciones que existía para dialogar con las diferentes minas, pues el señor gobernador Luis Pérez, el último día de su mandato al mediodía, sacó otro decreto disolviendo la Mesa de Soluciones.
Elisa [00:31:36]: Este fue el fin de toda negociación entre la mesa minera y la multinacional Gran Colombia, que decidió tratar con una nueva estrategia.
Jaime Gallego [00:31:45]: ¿Que ha surgido de ese paro para acá? Para nosotros era la esperanza de que era la solución con los acuerdos firmados, pero no, la Gran Colombia se dedicó a demandar penalmente a los mineros.
Elisa [00:32:02]: Pero los mineros no fueron los únicos a los que la empresa persiguió judicialmente. Gran Colombia también demandó al Estado colombiano por no proteger sus activos frente a mineros ilegales y grupos armados. La empresa exigió 700 millones de dólares en indemnización. Jaime no parecía sacar ningún consuelo de la ironía de que la empresa se fue en contra de los mismos que le habían dado tanto poder.
Jaime Gallego [00:32:28]: Se fueron a favor de las multinacionales y desprotegieron a los mineros colombianos. ¿Y entonces qué pasa? Que estas multinacionales cogieron un poder inmenso que mandan más que el mismo Estado por la complicidad y la omisión de los mismos funcionarios de estas entidades. Entonces ellos lo que le dicen a la Fiscalía, lo que le dicen a todos estos organismos institucionales. Ahí mismo le sale, como si fuera una orden, como si ellos estuvieran prácticamente en la nómina de ellos. Y no, aquí no mandaría ni presidente, ni fiscal, ni el Presidente de la República, sino se le dio tanto poder que ellos son un Estado sobre el Estado.
Elisa [00:33:09]: Esta fue la última vez que James y Matt hablaron en persona con Jaime. Luego supieron de él por un mensaje de texto enviado el 20 de febrero de 2025. En él decía que las cosas en Segovia estaban cada día más duras, pero que seguía con ganas de luchar. Tres semanas después, Jaime estaba muerto. El tramo final de la vida de Jaime comenzó unos días después de ese mensaje. Según Yarley Marín, quien fue por años la mano derecha de Jaime, la Mesa organizó un plantón y anunció planes para un nuevo paro.
Yarley Marín [00:33:53]: El día del plantón él nos dijo: “Me citaron a una reunión esta gente”. Pero no le preguntamos cuál gente. De hecho, él sí nos dijo el 27 que tenía una reunión, pero nunca nos dijo con quién.
Elisa [00:34:01]: Jaime no dijo quién lo había citado, pero había pocas dudas sobre a quién se refería con esa gente. Eran las AGC.
Yarley Marín [00:34:10]: Porque nosotros fuimos tajantes y le dijimos: “No vaya a esa reunión”.
Elisa [00:34:14]: Lo que ocurrió después es todavía menos claro. Pero con base en declaraciones oficiales y reportes de prensa en Colombia logramos reconstruir una versión preliminar. Uno de esos días miembros de las AGC llegaron a la casa de Jaime para ordenarle que asistiera a una reunión en el municipio de Vegachí, un bastión de las AGC, a unas dos horas en carro desde Segovia, para asegurarse de que entendiera que no era una invitación opcional. Le citaron los nombres, direcciones y movimientos de su esposa, hijos y nieta. Jaime decidió ir.
El día de la reunión, lunes 3 de marzo, Jaime viajaba en un vehículo con un escolta del Estado colombiano. El rastreador del vehículo mostró que llegó a las afueras de Vegachí y ahí se desactivó. Luego, en la madrugada del 9 de marzo, su cuerpo fue hallado al borde de la carretera por soldados que investigaban reportes de disparos. Su escolta, que al parecer fue retenido por separado, fue liberado. Aún no se sabe que le hicieron entre el momento en el que lo raptaron y su asesinato. Pero algunos informes señalan que su cuerpo presentaba signos de tortura. Tenía las costillas y los dedos rotos.
Las AGC ganan dinero con todos los frentes de la minería legal, ilegal, industrial, artesanal. Todo lo que esté en el medio, por encima o por debajo, antes y después. Su único interés es mantener el oro fluyendo por la cadena de suministro para cobrar una tajada en cada paso. ¿Entonces, por qué matar a un hombre que quería proteger a un sector que les representaba un negocio lucrativo? No había mucha lógica.
Yarley Marín [00:36:06]: Claro. Para nosotros es muy extraño, porque es que esos grupos siempre han estado ahí y nosotros nunca tuvimos problemas con ellos. De hecho, de una u otra manera, pues no sé, no es bueno decirlo, pero hemos aprendido a convivir con estos grupos en los territorios. Y la problemática con nosotros, pues nunca obedecía a problemas con ellos, nunca nos metíamos con ellos a pesar de que estaban ahí y siempre hacíamos denuncias de manera general.
Elisa [00:36:30]: Jaime y la Mesa siempre habían sido cuidadosos de respetar una regla no escrita que rige toda conversación. En Segovia se podía hablar, en general, del crimen organizado y los grupos armados. Decir lo que todos sabían que era cierto, pero no se podía decir algo específico. Nada de nombres, detalles, ni información interna. Yarley, como muchos en Segovia, pensaba que tenía que haber algo más detrás de todo esto.
Yarley Marín [00:36:56]: Diez años y estos grupos ya estaban en territorio, porque hasta diez años después vienen a meterse con Jaime. Seguramente ellos lo raptaron, lo llevaron. Pero algún interés por encima de ellos estuvo ahí.
Elisa [00:37:09]: Aunque el momento del asesinato sugería que estaría vinculado con el nuevo paro, Yarley no estaba tan seguro de esto. Algo no encajaba. Lo que planeaban no era una acción masiva que amenazara intereses poderosos, sino una protesta regional limitada contra el gobierno y su criminalización de los mineros. Para Yarley era una ironía macabra.
Yarley Marín [00:37:30]: Lo que le estamos diciendo al Gobierno nacional es que no siga tratando y estigmatizando, generando más violencia a través del Ministerio de Defensa con los operativos. Porque para el Gobierno todos los mineros son del Clan del Golfo. Y el Clan del Golfo mata a los mineros y a los líderes.
Elisa [00:37:46]: A pesar del momento en que ocurrió, a Yarley le costaba no pensar que el conflicto con la multinacional, que ya no se llamaba Gran Colombia Gold, sino Iris Mining, era el verdadero trasfondo. Él creía que para alguien en algún lugar, la lucha de Jaime finalmente había cruzado una línea.
Yarley Marín [00:38:05]: Realmente para nosotros todo esto obedece a la lucha con la multinacional. Obviamente que ahí se sumarían otros intereses. Pero toda la problemática que ha tenido la Mesa Minera Segovia, Remedios y el trabajo que hizo Jaime en los últimos dos años es en contra de la multinacional.
Elisa [00:38:22]: Para Yarley, que asumió el liderazgo de la mesa minera después del asesinato de Jaime, este era un pensamiento inquietante que lo llevó a detenerse y reflexionar sobre lo que habían logrado con esa lucha y cuál fue el precio de la vida de Jaime.
Yarley Marín [00:38:37]: Estamos en el mismo punto. Y ahora diez años. Digamos que las luchas sociales fueron las que han permitido que los mineros todavía conserven sus puestos de trabajo. Pero en materia minera, en materia de reconocimiento tanto del Estado como de las multinacionales, estamos igual que hace diez años.
Elisa [00:38:59]: El funeral de Jaime se llevó a cabo el 11 de marzo de 2025. En un vídeo de la procesión se ve el carro fúnebre que transporta el ataúd mientras avanza lentamente por las calles, rodeado por una multitud vestida de blanco. Cientos de personas que se extienden fuera del alcance de la vista. Suena música, ondean banderas de Segovia. Y ahí, girando al ritmo, va una figura extraña: la Gigantona.
La Gigantona es una de las tradiciones más queridas de Segovia. Normalmente aparece durante el Festival del Oro, una fiesta de una semana con música, desfiles y mucho alcohol. Jaime solía organizar el desfile de la Gigantona y supervisaba la construcción de la muñeca de cada año en el centro comunitario donde funcionaba la oficina de la Mesa Minera.
La Gigantona es una enorme marioneta giratoria que al final de cada Festival del Oro es perseguida por las calles y bañada en sangre falsa por una multitud semidesnuda y ebria. Al final, la muñeca es abandonada en la plaza, golpeada y cubierta de rojo.
Los festejos continúan con la gente bailando y tomando alrededor, con su ropa empapada de sangre falsa y las calles quedan teñidas de rojo. La mayoría de la gente en Segovia no piensa demasiado en el significado de la tradición de la gigantona.
Muchos ni siquiera saben por qué ocurre, pero tiene un propósito. Su danza con la muerte es una forma de recordar a las víctimas, a las vidas segovianas que se ha llevado la Guerra en Colombia. Y aunque la tradición existía desde antes, en las últimas tres décadas ha estado estrechamente ligada a la memoria del 11 de noviembre de 1988, el día en que un Escuadrón Paramilitar de la Muerte vino por todos y dejó cerca de 50 personas muertas.
Casi 40 años después, Jaime se convirtió en una víctima más de una guerra que parece no tener fin. Jaime fue el sindicalista número 48, asesinado en Segovia o sus alrededores desde finales de los años 70 y fue el líder social número 33 asesinado en Colombia hasta ese momento en 2025.
En Segovia, Jaime será recordado como mucho más que una cifra. Pero es difícil escapar a la idea de que su muerte, como tantas anteriores, cambiará algo. Hoy, el precio de una onza de oro es el más alto de la historia y la violencia y la codicia. El capitalismo salvaje que inspira continuarán. La multinacional seguirá protegiendo sus inversiones. Los paramilitares seguirán manejando su negocio a punta de fusil. El Estado seguirá criminalizando a los mineros artesanales. Y los mineros informales no tienen más opción que seguir luchando.
Créditos
Escritura y reportaje
James Bargent
Producción
Mathew Charles
Producción ejecutiva
Steven Dudley, Elisa Roldán
Edición del guion
Tatiana Lozano, Steven Dudley,
Elisa Roldán
Diseño y edición de sonido
Valentina Fonseca
Diseño gráfico
Isabella Soto, Juan José Restrepo
Dirección de arte
Elisa Roldán
Verificación de datos
Beatriz Vicent Fernandez, Alejandra Rodríguez
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