La policía ecuatoriana tardó nueve meses en localizar al fugitivo más buscado del país. Pero cuando lo encontraron frente a un complejo de apartamentos en Bogotá, Colombia, el líder de la banda de Los Choneros, Jorge Luis Zambrano, más conocido como “Rasquiña”, o simplemente “JL”, parecía tranquilo. 

Como se pudo ver posteriormente en un vídeo policial difundido por medios de comunicación, Rasquiña —vestido con una camiseta tipo polo y peinado hacia atrás— no parecía sorprendido en absoluto. 

“Me hiciste caminar mucho”, le dijo el agente que lo detuvo mientras lo empuja al suelo y lo esposa. 

Rasquiña se ríe. “Muy demorado”, dijo.  

*Esta historia es parte de la investigación de InSight Crime sobre el sistema penitenciario de Ecuador y los grupos criminales que evolucionaron dentro de él. Explore la investigación completa aquí. Descargue el PDF del informe completo aquí.

Ese breve momento marcó un punto de inflexión en la evolución del crimen organizado ecuatoriano. Y se convertiría en el catalizador de la toma criminal del sistema penitenciario del país.

Rasquiña se había fugado junto con otros 17 reclusos de la prisión de La Roca aprovechando las fiestas de Carnaval la noche del 11 de febrero de 2013. Cuando la policía entró en La Roca esa noche, encontró a 14 guardias esposados y encerrados en celdas. Una cerca había sido cortada algunos días antes, y había huellas que llevaban a la orilla de un río cercano, donde encontraron un bote con uniformes de guardias de prisiones, municiones y cargadores de fusiles.

Para el gobierno del presidente Rafael Correa, fue una humillación. Inaugurada apenas tres años atrás, La Roca era un pilar central del plan de reforma penitenciaria de Correa. Como prisión de máxima seguridad, era el contrapeso de mano dura a sus planes progresistas de un sistema más humano basado en la rehabilitación. Pero la fuga puso al descubierto una dolorosa realidad, una señal temprana de lo que se convertiría en una característica central de las reformas penitenciarias de Correa: estaban fracasando. 

Cuando la policía investigó, descubrió que los presos no habían ideado una fuga imposible de una fortaleza al estilo Alcatraz. Se habían fugado de unas instalaciones en las que muchas de las luces estaban apagadas, las puertas no cerraban, las cámaras y las máquinas de rayos X no funcionaban y la cerca eléctrica exterior estaba desconectada. Habían coordinado sus planes con cómplices en el exterior mediante teléfonos celulares de contrabando y habían lanzado su asalto con armas que habían introducido de forma clandestina. Según llegaron a creer las autoridades, lo hicieron todo con la complicidad de guardias y policías.

La disfunción exhibida en la fuga de La Roca era sintomática de las debilidades institucionales más generales y de la corrupción endémica que estaba corroyendo el sistema penitenciario de Ecuador. Pero las fallas del Estado habían creado oportunidades criminales, y Rasquiña, una vez recapturado y con sus sueños de escapar de la cárcel destruidos, estaba ahora preparado para aprovecharlas.

Aunque había poco en su historial que lo sugiriera, Rasquiña era un visionario criminal. En cuestión de años, lideraría a Los Choneros en un intento por tomar el control del sistema penitenciario. Y su ambición convertiría las calles en un espejo sangriento de sus centros penitenciarios, sumiendo a Ecuador en una espiral de violencia que, una década más tarde, llevaría al presidente a declarar un “conflicto armado interno” con grupos “terroristas”. 

La educación en el crimen organizado

Rasquiña nació en Manta, una ciudad portuaria de la provincia central de Manabí. Allí, de joven, conoció a dos personas que cambiarían la trayectoria de su vida: Jorge Bismarck Véliz España, alias “Teniente España”, un prometedor criminal de la cercana ciudad de Chone, y José Adolfo Macías Villamar, alias “Fito”, un amigo con cara de niño que practicaba deportes con Rasquiña. El primero introduciría a Rasquiña en el mundo del crimen organizado. El segundo se convertiría en su socio y, más tarde, en el criminal más buscado de Ecuador.

En Chone, Teniente España dirigía una banda que había pasado de los atracos a la extorsión, el microtráfico, el secuestro y los asesinatos. Cuando se expandieron por Manta, pasaron a ser conocidos como Los Choneros, un guiño a su ciudad natal. Pero incluso cuando su infamia se extendió localmente, había pocas pistas de lo que llegarían a ser.   

“La organización de Los Choneros no era tan notable en ese tiempo. Era una especie de banda de personas que andaban en actos delictivos, pero no tenía la magnitud ni la gran escala que tiene ahora”, dijo un comandante local de Los Choneros, que habló con InSight Crime bajo condición de anonimato.

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Fue en 2005 cuando Los Choneros entraron por primera vez en la conciencia pública. Un grupo rival, Los Queseros, tendió una emboscada a Teniente España. Él escapó, pero mataron a su esposa. El ataque desencadenó una guerra entre los grupos, que acabaría costándole la vida a Teniente España, pero de la que Los Choneros saldrían intactos. 

“Los Queseros dejaron de existir, y Los Choneros tomaron el renombre”, dijo el comandante de Los Choneros.

La nueva fama de Los Choneros los puso en la mira de las autoridades. Los sucesores de Teniente España fueron abatidos por la policía uno a uno, lo que abrió el camino para que Rasquiña asumiera el liderazgo con Fito a su lado. 

Pero aunque habían llegado al eslabón más alto de la organización, cuando había que matar, Rasquiña y Fito seguían haciéndolo ellos mismos. Y eso les llevaría a La Roca, después de que fueran detenidos y acusados de asesinato en 2011.

En aquella época, La Roca albergaba a los presos más peligrosos y poderosos de Ecuador. Allí, Rasquiña era uno de los muchos asesinos, atracadores de bancos, extorsionadores, secuestradores, traficantes de drogas y vendedores de drogas.

Rasquiña fue el último de los prófugos de La Roca en ser recapturado. Crédito: Ministerio de Gobierno de Ecuador

“Rasquiña, cuando llega, no llega con tanto poder. Rasquiña llega como uno más”, dijo Alexandra Zumárraga, quien supervisó La Roca tras su apertura con el cargo de directora de rehabilitación social del Ministerio de Justicia. “Ahí le trataban mal”.

Pero no tardó en imponerse. Poco después de su llegada, Rasquiña se involucró en una pelea con un compañero de prisión —quien, según el testimonio de un testigo en su expediente, le había llamado ‘sapo’. Un mes después, el prisionero estaba muerto. Los testigos del caso acusaron a Rasquiña de contratar a otro recluso para que lo matara a tiros. 

El asesinato dejó huella. 

“José [sic] Luis Zambrano es un sujeto muy peligroso, todo el mundo lo sabe, él es el jefe de la banda de Los Choneros y con la plata hace todo”, dijo a los fiscales el compañero de celda de la víctima mientras suplicaba que lo pusieran en protección de testigos.

La violencia, sin embargo, no era la principal herramienta de Rasquiña. Era inteligente y carismático, y sabía utilizar ambas cosas.

“Tenía mucha inteligencia social y empieza a aliarse, sobre todo con gente pobre, con la gente que realmente te va a dar poder y protección”, dijo Zumárraga.

También empezó a forjar alianzas con otros criminales de La Roca.

“Allí se les trasladó a los [criminales] más peligrosos y yo les dije: ‘no se les pueden tener aquí, porque aquí lo que va a pasar es que los que eran enemigos se van a hacer amigos’”, dijo Zumárraga. “Y, en efecto, casi todos se hicieron amigos y se largaron”.

Para Rasquiña, Fito y los demás Choneros, La Roca, que albergaba a narcotraficantes con vínculos con carteles internacionales y políticos influyentes, era un lugar donde hacer amigos más poderosos y aprender su oficio. 

“Ellos eran delincuentes comunes y corrientes, pero llegaron a las cárceles con narcos y [narcotráficantes] mexicanos”, dijo un oficial de inteligencia militar, que habló con InSight Crime bajo condición de anonimato.

La Roca fue clausurada poco después de la fuga, y cuando Rasquiña y Fito fueron recapturados, entrarían en un sistema penitenciario muy diferente, que estaba cambiando rápidamente. Pero La Roca ya había sentado las bases para la siguiente fase de la evolución de Los Choneros.  

El Renacimiento

Alrededor de la época de la fuga de La Roca, el gobierno de Correa había iniciado la construcción de una serie de “mega cárceles” en un intento de combatir el hacinamiento. Pronto, más de la mitad de la población carcelaria se alojó en solo cuatro centros. Pero las nuevas prisiones estaban mal construidas y gestionadas, carecían de guardias, infraestructura y servicios básicos como agua corriente y comida adecuada. Para los presos y los funcionarios penitenciarios, era evidente que las promesas de Correa de que los programas de rehabilitación serían el corazón del sistema existían solo en papel. La corrupción se descontroló.

“El famoso modelo de gestión que se nos vendió no fue tal. Era una cosa de campaña, propaganda llena de contenido que no se llegó a institucionalizar”, dijo un exfuncionario que investigó el sistema penitenciario para el Congreso.

Sin embargo, las fallas del gobierno crearon oportunidades criminales. La prestación de servicios se convirtió en una extorsión, en la que los presos tenían que pagar por lo básico. Las prisiones se inundaron de contrabando y florecieron los negocios ilegales, desde restaurantes a usureros. Es más, al concentrar a la población en las mega cárceles, el gobierno tomó lo que había sido una industria artesanal del crimen y la corrupción y la elevó a escala industrial.     

“Empieza a fortalecerse un negocio que siempre ha habido”, dijo el exfuncionario del gobierno. “Pero no era la mega economía criminal que tienes ahora. Con las mega cárceles todo se centralizó de una vez”.

Controlar un solo pabellón de las mega cárceles podía suponer unos ingresos de millones de dólares al año, y los beneficios que se ofrecían eran potencialmente transformadores para un grupo como Los Choneros. Pero la visión de Rasquiña se extendía mucho más allá de los muros de la prisión.

“Se dieron cuenta de que, cogiendo control de las cárceles, tendrían un ejército”, dijo el funcionario de inteligencia.

Rasquiña no construyó ese ejército desde la base. En su lugar, reclutó a las bandas existentes en las prisiones. Les ofreció acceso a drogas, armas, funcionarios corruptos y el tipo de contactos criminales que había forjado en La Roca, y les dio cierta independencia, más la oportunidad de dirigir sus equipos y operaciones, siempre que respondieran ante él.

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“Era una persona bastante permisiva”, dijo un líder local de la banda Ñetas, que fue encarcelado por esa época. “Él les permitió [a las bandas] que fueran una facción con sus propios nombres, pero que trabajen para Los Choneros”.

La estrategia le permitió crear una federación de grupos criminales dentro de las prisiones: introdujo bandas de atracadores, extorsionadores y traficantes de drogas. Y reclutó entre los miles de presos a miembros de bandas juveniles como Los Latin Kings, Los Vatos Locos y Los Master of the Street. Sobre todo, se centró en los Ñetas, una banda internacional nacida en las cárceles de Puerto Rico.

“Todas las agrupaciones fueron utilizadas por estas mafias o las personas que actualmente lideran esa mafia”, dijo el líder de los Ñetas. “Comenzaron a darse cuenta de que nosotros manejábamos bastante cantidad de gente y las empezaron a utilizar como fuerza de choque o como su mano armada”.

Estas conexiones también dieron a Rasquiña una vía para expandirse en las calles 

“Tomaron el control de las calles, del mismo modo que tomaron el control de las cárceles, porque la mayoría de los jefes de bandas con gente en las calles están en prisión”, dijo el comandante de Los Choneros. “Armaban a los líderes para poder ordenarles que se hicieran cargo de un barrio”.

Rasquiña tenía su ejército que empezaría a usar.

Aprovechar el auge de la cocaína

La reforma de Los Choneros por parte de Rasquiña creó muchas de las organizaciones que más tarde serían declaradas grupos terroristas en guerra con el Estado: Los Lobos, liderados por un ladrón de bancos que había estado en La Roca con Rasquiña y Fito; Los Tiguerones, formados por un guardia de prisión que traficaba contrabando para Rasquiña; Las Águilas, lideradas por un criminal al que, según el comandante de Los Choneros, Rasquiña salvó de un complot de asesinato; Los Chone Killers, un escuadrón de sicarios Ñetas rebautizados en honor a sus nuevos patrones; y Los Fatales, la facción de Fito dentro de Los Choneros.    

Pero lo que Rasquiña hizo con su nueva federación fue lo que situaría a Los Choneros en el centro del mundo criminal ecuatoriano. Los convirtió en un ejército de mercenarios criminales y los puso al servicio de las élites del crimen organizado, entre ellas los narcotraficantes transnacionales.

En aquel momento, Ecuador se estaba convirtiendo en uno de los centros más importantes del comercio mundial de cocaína. Y una nueva generación de narcotraficantes ecuatorianos  estaba surgiendo para sacar provecho del auge. 

La primera gran oportunidad de Los Choneros para tomar este negocio llegó en su propio patio trasero, Manabí. Allí, un pescador llamado Washington Prado Álava, alias “Gerald”, había construido un imperio del narcotráfico, despachando cientos de toneladas de cocaína en barcos hacia México y Centroamérica. Y Fito aprovechó sus conexiones locales para situarse en el corazón de la red de Gerald.

“Eran allegados”, dijo el comandante de Los Choneros.

Fito organizaba la logística del tráfico para Gerald, como los puntos de reabastecimiento en alta mar para los barcos de la droga, según muestran los documentos judiciales. Y se encargaba de escoltar los cargamentos, vigilar los puntos de almacenamiento y supervisar las casas de seguridad repletas de dinero, según dijeron a InSight Crime funcionarios antinarcóticos que participaron en la investigación de Gerald. 

Fito también se encargaba de la violencia.

“Gerald le daba el dinero para que Fito lo cuidara y protegiera”, añadió el comandante de Los Choneros. 

La relación le dio a Fito y a Los Choneros un punto de apoyo en el comercio transnacional, ya que Gerald les pagaba con droga añadida a los cargamentos, según el comandante de Los Choneros. Pero la confianza de Gerald en Fito estaba mal depositada.

Según los expedientes del caso y los investigadores antinarcóticos, Fito supuestamente estuvo detrás del robo de un alijo que contenía US$3 millones de Gerald. La sangrienta búsqueda del culpable por parte de Gerald lo pondría en evidencia ante la policía, lo que eventualmente llevaría a su arresto en Colombia. Los funcionarios antinarcóticos dijeron que, con Gerald fuera del camino, Fito lanzó una campaña para acabar con lo que quedaba de su red y luego apoderarse del corredor de Manabí. 

Para la policía, sin embargo, Los Choneros seguían siendo solo un punto en el radar. 

Rasquiña hace su jugada

La policía no era la única que se mostraba complaciente con lo que se estaba gestando en el sistema penitenciario de Ecuador. Para 2019, el nuevo gobierno del presidente Lenín Moreno había recortado drásticamente el presupuesto para las prisiones, disolvió el ministerio responsable del sistema penitenciario y entregó las operaciones a un organismo de nueva creación que desde entonces se ha convertido en sinónimo de incompetencia y corrupción: el Servicio de Atención Integral a Personas Adultas Privadas de Libertad y Adolescentes Infractores (SNAI). 

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) concluiría más tarde que la reforma representaba un “verdadero desmantelamiento del sistema penitenciario”. Y dejó las prisiones a merced de Los Choneros. 

El momento era crucial. Dentro de las prisiones seguían existiendo rivales, en particular una coalición de bandas de Guayaquil que con el tiempo se unirían bajo la bandera de una organización llamada Los Lagartos. Entre sus líderes estaba William Humberto Poveda Salazar, alias “El Cubano”. 

“El Cubano era el más poderoso, tenía el control de Guayaquil, no solo dentro de las cárceles, sino también fuera”, dijo Zumárraga, quien se encontró con El Cubano en La Roca, donde era conocido entre los funcionarios como el “asesino de directores” por ordenar un atentado contra un director de la cárcel en 2007.

El poder de El Cubano en Guayaquil le dio influencia en el punto de despacho de cocaína más importante de Ecuador, la ciudad portuaria de Guayaquil. Allí, él y sus aliados ofrecían servicios de seguridad y sicariato a los narcotraficantes.  

La arremetida de Los Choneros contra esta alianza empezó en mayo de 2019, cuando apuñalaron hasta la muerte a un importante líder rival en la cárcel de Latacunga, en Cotopaxi. Semanas después, asesinaron a seis miembros de otra banda rival en la prisión del Litoral, en Guayaquil. 

Entonces tuvieron su oportunidad con El Cubano. Durante más de seis meses, El Cubano había estado en una celda de alta seguridad, alejado de la población general. Pero en junio, según muestran los expedientes del caso, llegó una orden firmada por dos coroneles de la policía en la que se ordenaba a los funcionarios su traslado al pabellón de máxima seguridad de La Regional, un bastión de Los Choneros. La hermana de El Cubano contaría más tarde a los fiscales cómo la llamó El Cubano cuando le llevaron a su nueva celda. “Esto tiene mala pinta”, dijo. “Llama al abogado, dile que me saque de aquí”, suplicó.

Pero ya era demasiado tarde. Apenas unas horas después de su conversación, un grupo de más de una docena de presos tomó como rehenes a los guardias y les obligó a abrir la puerta del pabellón de El Cubano. Tras forzar la puerta con una palanca, lo apuñalaron, quemaron su cuerpo y patearon su cabeza decapitada por el patio. 

Para muchos ecuatorianos, el momento se convirtió en un sombrío hito que marcaba el punto de no retorno en el rápido descenso del país.

Casi un año después, en agosto de 2020, Los Choneros  se movieron para terminar el trabajo cuando lanzaron un ataque contra Los Lagartos de la prisión de Litoral, que dejó 11 muertos y obligó a Los Lagartos restantes a bajar las armas y negociar su traslado a un centro seguro.

Escalando la pirámide del mundo criminal ecuatoriano

Con sus principales enemigos aislados y confinados, Los Choneros se encontraban en el apogeo de su poder, y Rasquiña comenzó a dividir el sistema penitenciario en feudos para las diferentes facciones de su federación.

“Le dieron un pabellón como premio. Cada organización [dentro de Los Choneros] tenía su propio pabellón”, dijo el líder de los Ñetas a InSight Crime.

Pero las ambiciones de Rasquiña aún no estaban saciadas. 

Su siguiente objetivo, según funcionarios de seguridad y judiciales, era Telmo Castro, un antiguo oficial del ejército que había empezado a escoltar cargamentos de droga a través del país para el Cartel de Sinaloa en la década de 2000 y se convirtió en el más famoso de la generación de narcotraficantes ecuatorianos que surgió en la década de 2010. 

Castro fue detenido en 2013, pero, al igual que Los Choneros, no había hecho más que fortalecerse dentro de las prisiones. Sin embargo, en diciembre de 2019, Castro fue encontrado muerto en su celda de la prisión —desnudo, atado de pies y manos, y con 46 puñaladas. Un compañero de prisión llamado Martín Gómez confesó inmediatamente el crimen, proporcionando a las autoridades una elaborada historia de juegos sexuales con bondage, que se desbordó en amenazas contra su familia. 

Sin embargo, los investigadores tuvieron problemas para creer la confesión, y el fiscal dijo al tribunal que creía que el preso no había matado a Castro o, al menos, no lo había matado solo, y que estaba encubriendo a otras personas.

Extracto del expediente del caso del asesinato de Telmo Castro

La fiscalía nunca acusó a nadie más del crimen, pero, según el oficial de inteligencia militar, un ex oficial de policía y un fiscal de crimen organizado que hablaron con InSight Crime, es probable que Rasquiña y Los Choneros estuvieran detrás del asesinato. Una facción de Los Choneros había proporcionado a Castro su propio equipo de seguridad en prisión, fueron esos guardaespaldas quienes asesinaron a Castro por orden de Rasquiña, según el oficial de inteligencia.

Es una teoría reforzada por lo que ocurriría un año después, cuando tres traficantes de cocaína convictos que habían trabajado con Castro —y que eran conocidos como La Banda de los Mexicanos, por sus conexiones con el narcotráfico— fueron asesinados a puñaladas en Latacunga. Uno de ellos era cuñado de Castro, según documentos judiciales. Una vez más, los responsables habrían sido Los Choneros.

Según el oficial de inteligencia, detrás de los asesinatos estaba la ambición de Rasquiña de ascender en el mundo de la droga. Como Fito había hecho con Gerald, Rasquiña iba a por los intermediarios entre él y los traficantes transnacionales, dijo. Hubo diferentes teorías. El fiscal de crimen organizado, por ejemplo, afirmó que Los Choneros acabaron con Castro y su red porque habían empezado a trabajar con los rivales del Cartel de Sinaloa, el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG).ha

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Cualquiera que hayan sido los motivos exactos, los resultados fueron los mismos: uno de los traficantes más importantes de Ecuador fue eliminado del tablero del ajedrez criminal, y Los Choneros ascendieron de rango. 

Para entonces, Los Choneros habían obtenido otra importante, pero al tiempo efímera victoria: Rasquiña era un hombre libre.

El peligro de la libertad

El liderazgo de Rasquiña había sido fundamental para el ascenso de Los Choneros. Pero la dependencia de la federación de él llevaría a su declive. Porque aunque la red de Los Choneros se basaba en una lógica criminal fría y dura, se mantenía unida por un culto a la personalidad.

“Todos lo veían a él como un líder y lo veían como alguien intelectual”, dijo un ex director de la prisión, que no quiso ser identificado por razones de seguridad. “Lo idolatraban”.

Esa veneración fue evidente en junio de 2020, cuando Rasquiña salió de la prisión de Latacunga rodeado de una guardia de honor, filas de presos aplaudiendo y gritándole su apoyo. 

Se le había concedido la libertad condicional tras un proceso judicial plagado de sospechas y controversias, y que más tarde llevaría a un juez a la cárcel y pondría a otro bajo investigación. El poderoso pero controvertido exministro del interior, José Serrano, que ha tenido que hacer frente a acusaciones de vínculos con el crimen organizado, hizo públicas las acusaciones de que el gobierno había hecho un trato con Rasquiña, supuestamente intercambiando su libertad por el compromiso de mantener el orden en las prisiones, acusaciones que el gobierno negó

Pero no hubo diferencia. Rasquiña estaba libre. Fue un momento que parecía sellar su ascenso a los niveles superiores del crimen organizado ecuatoriano, los niveles no solo de poder y riqueza, sino también de impunidad. 

En cambio, selló su caída. El 28 de diciembre de 2020, mientras Rasquiña estaba sentado en una cafetería en un centro comercial de Manta, un hombre con chaleco blanco y gorra de béisbol se le acercó, levantó un arma y disparó a quemarropa.  

Rasquiña estaba muerto, y aunque era difícil verlo en ese momento, Ecuador había iniciado su caída en el abismo criminal.

Créditos de la investigación:

Escrito por: James Bargent

Editado por: Steven Dudley, María Fernanda Ramírez

Investigación adicional: Karol Noroña, Mathew Charles

Verificación de datos: Gavin Voss, Lynn Pies

Dirección creativa: Elisa Roldán Restrepo, Juan José Restrepo,

Diagramación de PDF: Ana Isabel Rico

Gráficos: Juan José Restrepo, Christopher Newton

Redes sociales: Camila Aristizábal, Paula Rojas