En un terreno en forma de pétalo en la curva de una salida de autopista, frente a la Corte Suprema de Justicia en Tegucigalpa, se encuentra el campamento. Es un cuerpo vivo. En la cocina comunitaria se prepara comida para cientos de personas, mientras niños y niñas juegan en el área central, rodeados de árboles de los que cuelgan letreros que invitan a “vivir en comunidad”. Para nosotras era difícil conciliar esa escena con la razón que llevó a los garífunas a levantar el campamento en esta ocasión: el violento desalojo de la comunidad de San Juan el 6 de julio y el consecuente arresto de cinco personas acusadas de “usurpación agravada”, cuyo caso fue remitido a un tribunal de crimen organizado antes de ser devuelto a un juzgado local.
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Era una amarga ironía. Durante años, los garífunas, un pueblo afroindígena de la costa caribeña de Honduras, han sido víctimas del crimen organizado y ahora son acusados de formar un grupo criminal.
Entre el 17 y el 19 de septiembre estuvimos en el campamento “Viva Berta”, bautizado en honor a la ambientalista Berta Cáceres, asesinada en 2016.
Llegamos al campamento como parte de una delegación internacional de 35 defensores de derechos humanos y periodistas convocada por la Organización Fraternal Negra Hondureña (OFRANEH), que agrupa a las comunidades garífunas, y la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos (IM-Defensoras).
Durante los tres días que vivimos en el campamento, vimos de primera mano cómo los garífunas se unían para cuidarse mutuamente y dirigir su lucha en este espacio. Las carpas se agrupaban en pequeños barrios conectados por senderos que desembocaban en un claro central. En ese claro vimos reuniones de estrategia, ruedas de prensa, comidas compartidas, ceremonias sagradas y hasta celebraciones de cumpleaños. Cada quien tenía una tarea: unos cocinaban, otros custodiaban la bodega y los mayores cuidaban el altar y la energía del lugar.

También hablamos con líderes y miembros de la comunidad garífuna sobre los desafíos que enfrentan: narcotraficantes que usan sus tierras como corredores de tráfico de cocaína o escondites de cultivos de coca y empresarios que buscan adueñarse de sus tierras para sembrar palma e instalar complejos hoteleros. Los líderes que defienden sus territorios de estas presiones están siendo amenazados y criminalizados.
“Vivimos en peligro permanente por culpa del crimen organizado”, dijo Miriam Miranda, coordinadora de la OFRANEH.

El crimen organizado les ha quitado tierras, los ha amenazado, los ha desaparecido y los ha acorralado. Pero ahora, es a los garífunas a quienes el Estado ha acusado de usurpar sus propias tierras ancestrales y, como sucedió con los cinco miembros de San Juan, los tacha de ser parte de grupos de crimen organizado.
Mientras estábamos en el campamento, otra comunidad garífuna iba a correr la misma suerte que la de San Juan. El 17 de septiembre llegó la noticia de que la Policía estaba desalojando a la comunidad de Cayos Cochinos, que protestaba contra el rodaje en la isla de un reality show, llamado Supervivientes o “Survivors”. En pocas horas, abogados y miembros de la comunidad emprendieron un viaje de casi 10 horas hacia la costa, mientras otros redactaban comunicados desde el claro.
La presión de la OFRANEH dio frutos en Cayos Cochinos. El reality show había anunciado que trasladaría su filmación al Parque Nacional Nombre de Dios, a unos 13 kilómetros de distancia. El campamento en la isla fue desmantelado aproximadamente dos semanas después. Pero en otras zonas, las comunidades garífunas enfrentan amenazas mucho más arraigadas y violentas, entre ellas la presencia de narcotraficantes buscados para extradición que aparentemente viven en total impunidad.
Desde 2015, la Corte Interamericana de Derechos Humanos ha condenado a Honduras cuatro veces por violar los derechos territoriales de las comunidades garífunas de Triunfo de la Cruz, Punta Piedra, San Juan y Cayos Cochinos, y le ha ordenado titular, delimitar y proteger sus tierras, algo que hasta hoy sigue sin cumplir.

Viva Berta sigue en pie y la lucha de los garífunas continúa. Cuando partimos a casa cerca de la medianoche del 19 de septiembre, los noctámbulos del campamento por fin se iban a dormir tras pasar horas amontonados en una carpa para resguardarse de la lluvia, cantando canciones de amor y alegría, de tristeza y dolor.
Imagen de portada: Banderines con la consigna “Por la vida del pueblo garífuna” en el campamento Viva Berta. Crédito: Liza Schmidt.


