Las mujeres atrapadas en la telaraña criminal del Tren de Aragua en Perú
Desde 2019, Carmen, Fernanda, Katherine, Lucía, Liliana, Marcela, Paulina y Roxi* viven con miedo de ser extorsionadas, violentadas, asesinadas o desaparecidas por el Tren de Aragua, la megabanda de origen venezolano que se ha expandido por Suramérica. El miedo de estas mujeres se alimenta del hecho de que ellas actúan como el termómetro del crimen de la ciudad, pues son las primeras en experimentar los efectos de las economías criminales predatorias que han sido el motor para la expansión del Tren de Aragua en Lima.
Además, entre las múltiples sombras que acechan en las calles de Perú, desentrañamos la historia de Isabel, una sobreviviente de trata de personas con fines de explotación sexual. Su historia ilustra la de decenas de mujeres que son atrapadas en la telaraña de explotación de Los Gallegos, una facción del Tren de Aragua.
*Los nombres de las protagonistas fueron cambiados para proteger su identidad
Explore la investigación
Capítulos de la investigación
Historias de vida
Haga clic para leer las historias de vida de las mujeres que hablaron con InSight Crime

Roxi es venezolana. Llegó a Lima en 2021 y pronto consiguió trabajo en un puesto de gaseosas. Pero el salario que le pagaban no era suficiente para sostener a sus 5 hijos, de los cuales 2 dependen completamente de ella. Entró en el trabajo sexual a través de una amiga. “Realmente no es fácil y a veces quisiera trabajar en otra cosa, pero por ser venezolana se me hace difícil y aquí sigo porque mis hijos no pasen hambre ni necesidades”, contó.

Cuando llegó la pandemia del COVID-19, Lucía quedó sin cómo sostener a su hijo y su abuela. Salió a realizar un servicio, y de vuelta, la policía la detuvo. “Me abrieron la cartera y me quitaron el dinero que había conseguido…recibí insultos y amenazas”, relató. Incluso, le dijeron que la próxima vez que la vieran debía pagarles una extorsión. Hoy en día trabaja por anuncios, pero no ha escapado de la violencia. Ha sido secuestrada varias veces y espera encontrar justicia por los abusos que ha sufrido a manos de criminales y policías.

Katherine llegó a Lima cuando tenía 8 años. Pensaba que había llegado a la ciudad a estudiar, pero en realidad, su mamá la obligó a limpiar carros con un parabrisas y papel periódico. Siguió trabajando para ayudar con los gastos de su familia. Vendió flores, barrió calles, y continuó limpiando carros. “Tenía que llevar 100 soles (US$26) o si no, mi mamá me mataba a golpes”, contó. Entró en el trabajo sexual por necesidad. Pero todo cambió en 2023, cuando hombres armados siguieron a su esposo en un auto y lo asesinaron en plena calle, según Katerine, porque ella no había pagado la extorsión que le estaban cobrando a cambio de dejarla ejercer el trabajo sexual.

Liliana llegó a Lima en el 2017. Entonces estaba enamorada y salió con su pareja de Venezuela rumbo a Perú. Trabajó como recepcionista y luego como vendiendo bebidas, pero lo poco que recibía no alcanzaba a cubrir sus necesidades y las de su familia. Comenzó en el trabajo sexual luego de contactar a una mujer peruana a través de un anuncio en el periódico. La mujer la ayudó a poner sus anuncios. Con la llegada del Tren de Aragua y sus facciones, llegó también la extorsión. “Yo no tengo sitio fijo donde trabajar porque a uno le siempre le quieren cobrar más”, contó. Hoy, encuentra fuerzas en el trabajo que hace con sus compañeras para reivindicar sus derechos. “Hay una lucha que la hacemos todas”, dijo.

Antes de ser trabajadora sexual, Paulina trabajaba como dama de compañía en un club, pero tras un tiempo tuvo que recurrir a este oficio para sostener a su hijo. “Me tocó irme a trabajar a una mina”, contó. Luego, volvió a la capital, donde continúa como trabajadora sexual. Tiene poco contacto con su familia y hace lo que puede para sostener a sus hijos. La policía la ha detenido sin justa causa varias veces y el Tren de Aragua no solo la ha extorsionado, sino que la ha amenazado por no pagar el cupo completo.

Cuando Carmen escapó de su casa, en 2005, quería buscar una mejor situación para sí misma. Durante un tiempo, trabajó en un bar de la ciudad, ayudando como mesera, pero unos años más tarde, la dueña del local le dijo que debía comenzar a ejercer el trabajo sexual. “[Mi amiga] me dijo que no tenga miedo, que ella me iba a cuidar”. Sin más opciones, aceptó. “Yo todos los días tenía que trabajar porque los policías venían a cobrar a cada una y si no te llevan a la comisaría. Así era casi todos los días”, dijo. Ha sido detenida por la policía varias veces, le han quitado su dinero, e incluso sus documentos y su celular.

El primer trabajo que tuvo Marcela fue lavar ropa. Tenía ocho años y su familia no se encargaba de cubrir sus necesidades. “A los 13 años, me escapé de la casa”, recordó. Una de sus amigas la llevó a un bar donde comenzó atendiendo mesas y luego la explotaron sexualmente. “La dueña del local, la mami, ella me explotaba, porque todo lo que yo trabajaba era para ella”, agregó. Luego se fue para una ciudad aislada, donde trabajó un tiempo antes de volver a Lima. Pero la violencia la siguió. Desde que volvió a la ciudad, ha sido golpeada, violada, y amenazada. “Nunca hubo justicia para mí. Eso es lo peor”, dijo.

Fernanda llegó al trabajo sexual mientras buscaba otro oficio, pues en la panadería donde trabajaba le pagaban 500 soles (US$130) mensuales por largas jornadas de trabajo. Vio un anuncio en el periódico sobre un trabajo en un sauna, pero no pensó —ni le dijeron— que era una fachada para el trabajo sexual. Necesitando el dinero y viendo que sus compañeras ganaban mucho más, decidió entrar al negocio. “Yo recuerdo que les dije [a las compañeras] que quería entrar a ese mundo”, recordó. Pero pronto se dio cuenta de la violencia que podría rodear este tipo de trabajo. Es la única persona que ve por su madre, que es una persona en condición de discapacidad, y por eso no se dedica a otro trabajo. “Yo quisiera trabajar en un trabajo, normal, pero no es sustentable para mí. Entonces continúo en este mundo”.
Créditos:
Escrito por: Lara Loaiza
Editado por: María Fernanda Ramírez y James Bargent
Comprobación de hechos: Lynn Pies
Investigación adicional: María Fernanda Ramírez, Chongyang Zhang
Dirección creativa: Maria Isabel Gaviria y Elisa Roldán Restrepo
Gráficos: María Isabel Gaviria, Ana Isabel Rico, Juan José Restrepo
Layout: María Isabel Gaviria, Lara Loaiza y Belmar Santanilla
Redes sociales: Camila Aristizábal, Paula Rojas y Daniel Reyes



