Esta historia es parte de una serie producida por InSight Crime y la organización venezolana de derechos humanos Defiende Venezuela. Explore la investigación completa aquí.
El video comenzó a circular a finales de julio de 2024. En el centro aparece un hombre vestido completamente de negro. Empuña una escopeta de corredera, lleva un fusil de asalto colgado al hombro y bandas de municiones cruzadas sobre el pecho. Detrás de él, figuras encapuchadas se mueven de un lado a otro, portando más fusiles y escopetas.
Con poca luz y baja resolución, el rostro del hombre es apenas una mancha borrosa bajo el ala de su sombrero negro. Cuando habla, se balancea de un lado a otro. A medida que gana impulso, suelta una mano del arma y mueve el brazo rítmicamente, como si estuviera improvisando un rap.
El video, dice, es un mensaje para los militares y la policía. Su banda no busca la violencia, pero si las fuerzas de seguridad no regresan a sus cuarteles, sus hombres utilizarán todo lo que tienen para atacar a los soldados y los funcionarios en todo el estado Guárico.
“¡No toquen al pueblo! ¡Respeten al pueblo! ¡Respeten su decisión!”, grita.
El hombre es Óscar de Jesús Noguera Hernández, más conocido como “Óscar del Llano”, “El Pipi” o “El Diente”, líder de la banda conocida como el Tren del Llano. Al momento de la grabación, acababa de encabezar la toma armada de una escuela en San Francisco de Macaira que funcionaba como centro de votación. Macaira es un pequeño pueblo de apenas unos miles de habitantes, pero El Pipi hablaba de una crisis que sacudía a toda Venezuela.
Un día antes, el entonces presidente Nicolás Maduro había proclamado su victoria en unas elecciones que nadie creía que hubiera ganado. Ni la oposición política, ni los observadores independientes, ni la mayoría de los venezolanos. Cuando comenzaron las protestas contra el robo de las elecciones, el régimen de Maduro respondió con una represión brutal. Los manifestantes eran golpeados en las calles. Los opositores políticos fueron sacados de sus hogares y lugares de trabajo y desaparecieron en las profundidades de El Helicoide, la infame prisión que se había convertido en un símbolo del autoritarismo de Maduro.
El asalto del Tren del Llano al centro de votación constituyó una intervención criminal extraordinaria en medio de una crisis política. Pero la historia detrás de ese hecho era tan política como personal, según relataron a InSight Crime fuentes cercanas al grupo criminal, víctimas, miembros de las fuerzas de seguridad, funcionarios, residentes y periodistas de la zona, todos bajo condición de anonimato por razones de seguridad. Es una historia de pérdida, venganza y familia. La historia de dos primos, El Pipi y Malony, que construyeron una organización criminal que terminó provocando la furia del régimen de Maduro.
El Tren del Llano
El Tren del Llano surgió por primera vez a finales de la década de 2000 a partir de sindicatos laborales corruptos en Guárico, un estado del centro de Venezuela caracterizado por extensas llanuras, colinas onduladas, pequeños pueblos, caseríos dispersos y algunas ciudades menores.
Su transformación en lo que en Venezuela se conoce como una megabanda comenzó con José Antonio Tovar Colina, alias “El Picure”. Bajo su liderazgo, el Tren del Llano se dedicó a robos, abigeato y, sobre todo, a la extorsión. También libró una guerra contra cualquier enemigo que se interpusiera en su camino, exterminando bandas rivales y atacando a las fuerzas de seguridad.
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Para 2014, El Picure ya figuraba entre los delincuentes más buscados de Venezuela. Pero murió dos años más tarde, abatido en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad, quienes difundieron una fotografía de su cuerpo semidesnudo y ensangrentado como trofeo en redes sociales. El vacío de poder fue ocupado por Gilberto Malony Hernández, conocido simplemente como “Malony”.
Las fotografías de Malony muestran a un hombre serio, delgado y de contextura ligera. Aparece con la clásica pose de gánster, usando gafas oscuras y empuñando un fusil de asalto, sin sonreír ni mostrar agresividad.
Un empresario local que se reunió con Malony tras ser citado a uno de sus campamentos describe cómo llegó en una motocicleta de gran cilindrada, escoltado por guardaespaldas, luciendo una cadena de oro.
“Malony era bien parecido, vestía ropa de marca. Su círculo cercano también, pero sus soldados andaban en cholas [alpargatas]”, recordó.
Malony creció en la localidad de Altagracia de Orituco. Fuentes cercanas a él dijeron a InSight Crime que durante su adolescencia fue diagnosticado con trastorno bipolar y trastorno antisocial de la personalidad, aunque InSight Crime no pudo obtener registros médicos que lo confirmaran.
De joven, ganó reputación como delincuente violento, dijeron residentes de su ciudad natal. Pasó temporadas en distintas cárceles antes de incorporarse al Tren del Llano gracias a un contacto en la Unión Bolivariana de Trabajadores (UBT), de acuerdo con fuentes cercanas.
Sin embargo, se mantenía alejado de las drogas y afirmaba ser cristiano evangélico. Cuando asumió el liderazgo tras la muerte de El Picure, tenía una visión distinta para el Tren del Llano, basada en dos pilares centrales: la extorsión y la gobernanza. Pero era una visión que lo empujaba en diferentes direcciones y lo dividía entre su necesidad de actuar como un depredador y su deseo de ser un benefactor.
La extorsión se convirtió en el motor financiero de la banda. Personas adineradas y sus familias eran secuestradas para exigir rescates. Los pequeños negocios luchaban por reunir el dinero exigido o terminaban cerrando, mientras las empresas más grandes encontraban formas de adaptarse.
“Los productores que siguen sembrando ya incluyen el pago de la vacuna en sus costos, como si fuera una compra más, como el gasoil”, explicó a InSight Crime el dueño de una empresa agrícola local.
Malony asumió un rol patriarcal dentro de la comunidad. Bajo su liderazgo, el Tren del Llano prohibió los robos, castigó a agresores domésticos, ayudó a personas necesitadas de atención médica, financió servicios públicos y negocios locales e incluso organizó eventos comunitarios, desde torneos de fútbol hasta peleas de gallos.
“Decía que quería ser como un Robin Hood”, contó una fuente cercana a Malony. “Él decía, ‘yo quiero que en Altagracia uno pueda andar con su celular en la calle. Altagracia no se toca’”.
La posición de Malony como patriarca también se extendía a su familia, parte de la cual incorporó a su círculo más cercano. Entre ellos estaba su joven primo, el hombre que años después provocaría la furia del gobierno nacional: El Pipi.
Los habitantes de la zona recuerdan cómo desde muy joven El Pipi se involucró en las drogas, las armas y la violencia, y cuentan historias sobre su pasado violento: una fuga de prisión que habría planeado disparándose a sí mismo para ser trasladado a un hospital; y la muerte accidental de su hermano, a quien supuestamente disparó cuando este intentaba intervenir para frenar su consumo de drogas. Sin embargo, InSight Crime no pudo determinar dónde termina la realidad y dónde comienza el mito en ninguna de estas historias.
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Malony fue la única persona a la que El Pipi realmente respetó, según afirman algunas fuentes.
Desde sus inicios, El Pipi representó el lado más oscuro del control social ejercido por el Tren del Llano. A pesar de los beneficios que las comunidades recibían con frecuencia, los habitantes entendían que el orden y los servicios que la banda de Malony proporcionaba estaban sostenidos a punta de fusil.
“Cada diciembre y Día del Niño nos obligaban a dar regalos. Nos imponían una cantidad específica para niños y niñas. Si uno se negaba, las consecuencias eran graves”, recordó el propietario de una empresa agrícola local. “Cuando un agricultor no cumplió, fue castigado. Le mataron cuatro vacas y le robaron una gandola”.
“Vivir aquí es un estrés constante”, añadió.
Malony dirigía las operaciones desde un complejo rural conocido localmente como “Casablanca”. Los habitantes describen cómo el lugar se convirtió en un punto de encuentro comunitario utilizado para organizar festivales y eventos, así como fiestas desenfrenadas con drogas y trabajadoras sexuales.
Según fuentes cercanas a Malony, no solo recibía a empresarios y funcionarios en Casablanca, también se reunía con políticos locales.
“Los políticos querían su apoyo para ganar votos. Él decidía a quién apoyar para alcalde, diputado o legislador”, señaló una de las fuentes.
Sucre: Un paso demasiado lejos
A finales de la década, Malony había convertido al Tren del Llano en una de las organizaciones criminales más poderosas del centro de Venezuela. Pero su mirada comenzó a dirigirse hacia el noreste, hacia el estado costero de Sucre.
El líder estaba cada vez más afectado por el conflicto interno que le generaba dirigir una organización depredadora en la misma región donde había crecido, comentaron a InSight Crime las fuentes cercanas a Malony.
“Antes de irse a Sucre nos dijo: ‘Ya no puedo estar en Altagracia, todos son mis amigos. No puedo seguir quitándoles [extorsionando] a mis amigos. Me voy de aquí’. Fue nuestra despedida”, recordó una de las fuentes. “Le pregunté si estaba preparado para lo que venía. Él me respondió: ‘Cristo viene pronto. Yo soy de Dios, no del Diablo’”.
Aunque Malony abandonó Guárico, el Tren del Llano y su extensa red de extorsión permanecieron. Además, Sucre ofrecía mucho más que un nuevo comienzo. Representaba la posibilidad de acceder al negocio criminal más lucrativo de todos, uno que durante años había permanecido fuera del alcance incluso de las megabandas más poderosas de Venezuela: el narcotráfico transnacional.
Los primeros reportes sobre la llegada del Tren del Llano a Sucre comenzaron a surgir a finales de 2020. La organización puso su atención en la península de Paria, una extensa franja de tierra que se adentra en el mar Caribe en dirección a la isla de Trinidad. Paria es conocida por sus playas, montañas cubiertas de selva, pequeños pueblos pesqueros y por servir como punto de salida para redes de contrabando que movilizan cocaína, marihuana, armas y migrantes a través del Caribe.
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Estas rutas estaban controladas por una combinación inestable de líderes criminales locales y una facción del Tren de Aragua, la megabanda más conocida de Venezuela. Al igual que el Tren del Llano, estos grupos estaban fuertemente armados, eran extremadamente violentos y ejercían un férreo control social sobre las comunidades locales.
El Tren del Llano llegó ofreciendo a sus rivales una elección sencilla: unirse, marcharse o morir, según habitantes de la zona entrevistados por InSight Crime en ese momento.
En cuestión de meses, Malony logró consolidar al Tren del Llano como una fuerza dominante en algunos de los territorios criminales más estratégicos de la costa norte venezolana. Pero su victoria fue breve.
El 7 de noviembre de 2021, más de 500 agentes de seguridad respaldados por helicópteros y vehículos blindados se desplegaron en Sucre. Durante la madrugada del día siguiente lanzaron una operación de búsqueda y exterminio contra Malony y su organización.
Los combates se prolongaron durante horas. Medios de comunicación reportaron que hasta 19 miembros de la banda murieron, incluido Malony. Sin embargo, el gobierno nunca confirmó el número de fallecidos. Tampoco devolvió los cuerpos a sus familiares, según contó a InSight Crime la hermana de uno de los integrantes de la banda que fue abatido.
“Los enterraron en una fosa común”, afirmó. “Fue una masacre”.
Existían muchos rumores y pocos hechos comprobados para explicar qué había provocado aquella matanza. Los primeros reportes citados por medios locales sugerían que la ofensiva se produjo después de que la banda abriera fuego contra un helicóptero perteneciente a un organismo de inteligencia. Sin embargo, las fuentes de InSight Crime en la región en ese momento, así como las consultadas en Guárico, ofrecieron versiones distintas. Algunas aseguraban que el Tren del Llano había interceptado un cargamento de cocaína vinculado a sectores militares o había tomado el control de una ruta de transporte administrada por un traficante local con influencia en la zona. Otras afirmaban que la organización había robado un importante envío de dinero en efectivo destinado a un alto funcionario regional.
La banda respondió a la matanza con una demostración de fuerza, aunque no en las calles, sino en las redes sociales. Durante las semanas siguientes comenzaron a circular videos que mostraban escenas similares: hombres encapuchados armados con fusiles apuntando al cielo. Todos transmitían el mismo mensaje: el Tren del Llano seguía vivo y estaba dispuesto a seguir luchando. Uno de esos mensajes, sin embargo, estaba dirigido a la población de Sucre. El otro, a la de Guárico.
Solo uno de ellos terminaría haciéndose realidad. La banda desapareció de Sucre y se replegó en su territorio de origen. Las fuerzas de seguridad la siguieron. Y serían los habitantes de Guárico quienes terminarían pagando el precio más alto.
“Después de eso, solo hemos vivido dolor tras dolor. Desde 2021, lo que hemos recibido es palo tras palo”, dijo la hermana del miembro de la banda que murió en la operación.
La nueva generación
Tras la muerte de Malony, la sucesión dentro del Tren del Llano quedó envuelta en incertidumbre y la organización comenzó a fragmentarse en distintas facciones.
En mayo de 2022, uno de los posibles sucesores apareció muerto. Medios locales reportaron que había sido asesinado por sus propios hombres. Poco después emergió un nuevo líder que asumiría el control de la facción más grande de la red criminal construida por Malony: El Pipi.
El Pipi admiraba profundamente a Malony. Pero para los habitantes de Guárico, el contraste entre ambos hombres era evidente. El cambio de liderazgo intensificó el temor que ya formaba parte de la vida cotidiana bajo el dominio del Tren del Llano.
“Es una persona violenta, sin sentimientos”, dijo a InSight Crime un periodista local. “Según su entorno, deben estar siempre atentos a su estado de ánimo porque, si está aburrido o molesto, puede matar a alguien. No hay control sobre su violencia”.
Un familiar de un miembro del Tren del Llano, que tuvo un altercado con El Pipi cuando ambos eran adolescentes, fue aún más contundente.
“Es un psicópata”, afirmó.
El Pipi no solo heredó el liderazgo del Tren del Llano, también la persecución estatal que acabó con la vida de Malony.
En abril de 2022, alrededor de 800 policías y militares llegaron a Guárico con órdenes de perseguir a integrantes del Tren del Llano en la primera de una serie de “megaoperaciones” que se extenderían durante los años siguientes.
Durante meses, las fuerzas de seguridad sembraron el terror en las comunidades mediante detenciones arbitrarias, golpizas, torturas, abusos sexuales, robos y extorsiones. Los operativos persiguieron a cualquiera que tuviera algún vínculo con miembros de la banda, pasado o presente, incluso personas que habían colaborado de manera forzada o involuntaria. También persiguieron a personas con antecedentes penales o simplemente residentes de sectores populares considerados bastiones de la organización criminal.
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Menos de un año después, las fuerzas de seguridad regresaron para un nuevo despliegue. La estrategia seguía siendo la misma: fuerza indiscriminada y abusos dirigidos más contra la población que contra la banda. Los resultados también fueron los mismos.
Muchos familiares de integrantes del Tren del Llano consultados por InSight Crime aseguraron haber sido golpeados, robados y extorsionados. También denunciaron que las autoridades detuvieron a parientes que no tenían ninguna relación con la organización.
“Estoy traumatizada con todo lo que viví en 2022”, dijo una familiar de un integrante de la banda. “Me golpearon durante esa operación. Los funcionarios fueron muy violentos”.
La organización quedó dispersa, pero intacta. Sus miembros se refugiaron en guaridas en las montañas y comenzaron a operar en pequeñas células. El negocio de la extorsión se volvió más clandestino, y la banda empezó a enviar mujeres, niños y personas mayores para hacer sus demandas y recoger los pagos sin levantar sospechas, dijeron policías locales a InSight Crime.
La contraofensiva criminal de El Pipi
El Pipi y el Tren del Llano sobrevivieron manteniendo un perfil bajo. Pero todo eso cambiaría con el video difundido en redes sociales en julio de 2024, que lo convertiría en una figura de infamia nacional.
El punto de inflexión para Guárico, para el Tren del Llano y para toda Venezuela llegó cuando cerca de 12 millones de venezolanos acudieron a votar en las elecciones presidenciales. La oposición y observadores independientes afirmaron que una amplia mayoría había respaldado al candidato opositor, Edmundo González. Sin embargo, el gobierno de Maduro se declaró vencedor de todos modos y se negó a publicar las actas electorales.
El país estalló en protestas masivas. El gobierno respondió con represión y violencia. Fuerzas de seguridad y grupos paramilitares afines al régimen, conocidos como colectivos, arremetieron contra las manifestaciones, golpeando e incluso matando a algunos manifestantes. Miles de personas fueron detenidas arbitrariamente bajo acusaciones vagas, mientras políticos opositores, activistas y críticos del gobierno eran desaparecidos por agentes de inteligencia como parte de la Operación Tun Tun.
La indignación se sintió con fuerza incluso en los pequeños pueblos de Guárico. Y también entre sus curtidos y violentos criminales.
El Pipi decidió actuar. Encabezó un escuadrón de miembros del Tren del Llano que rodeó la escuela utilizada como centro de votación en San Francisco de Macaira. Los videos los muestran avanzando entre los árboles mientras disparan ráfagas de fusil. Los habitantes reportaron haber escuchado disparos y explosiones de granadas.
Los criminales desarmaron y amarraron a los militares que custodiaban el lugar, y luego se grabaron arrancando afiches políticos del gobierno. Y El Pipi, rodeado de sus combatientes, grabó el mensaje desafiante que resonaría en toda Venezuela.
Aún se desconoce qué lo llevó a tomar una medida tan drástica, pero las fuentes cercanas a Malony, que conocen a El Pipi desde que era niño, creen que sus razones fueron más personales que políticas.
“No puedo decir qué había en su corazón, pero lo que veo allí es el odio que sentía hacia el gobierno [por el asesinato de Malony]”, dijo una de ellas.
“A quien amaba era a Malony, más nadie. Era su hermano”.
El Pipi también pudo haber intentado salir de la sombra de Malony y demostrar que no se sentía intimidado por las operaciones de seguridad del gobierno, dijeron.
“Como líder, tenía que dar la cara”, afirmó una de las fuentes.
“Todo el mundo decía: ‘Si Malony estuviera aquí, nada de esto habría pasado’”, añadió otra.
Si la intención de El Pipi era desencadenar una rebelión criminal contra el gobierno, fracasó. En cambio, aquel video provocó la furia del régimen y desencadenó una operación militar contra el Tren del Llano que eclipsaría todo lo que había ocurrido hasta entonces.
Créditos
Ilustraciones y colorización: Juan José Restrepo
Investigación: Ezequiel Monsalve y Omar Piñango de Defiende Venezuela
Textos: James Bargent
Dirección creativa y de arte: Elisa Roldán
Maquetación y efectos: Luis Acosta
Edición: Deborah Bonello, Liza Schmidt y Creusa Muñoz
Diseño gráfico: Juan José Restrepo y María Isabel Gaviria
Redes sociales: Paula Rojas y Daniel Reyes






