La ubicación geográfica del Caribe y sus innumerables islas, convierten a este lugar en una de las rutas de transbordo más importantes para los cargamentos de drogas que se dirigen a Europa y Norteamérica.

Una débil gobernabilidad, la corrupción endémica y el flujo ilegal de armas de fuego, han fomentado altos índices de violencia y delincuencia relacionada con las bandas, al tiempo que las raíces del crimen organizado se han asentado en la región.

Geografía

Ubicado entre Norteamérica y Sudamérica, el mar Caribe es un eje fundamental para el transbordo de drogas hacia Estados Unidos y Europa. 

Sus innumerables islas y cayos pequeños y deshabitados, que se extienden a lo largo de más de 1 millón de millas cuadradas, son escondites ideales para traficantes de todo tipo.

Historia

Durante la década de 1980, el mar Caribe fue la ruta preferida de los narcotraficantes latinoamericanos. Según un informe de la ONUDD, el 75% de toda la cocaína destinada a Estados Unidos transitaba por esta región. Como resultado, las operaciones antidroga estadounidenses en el Caribe empujaron a los traficantes hacia Centroamérica, que se convirtió en el principal corredor de tránsito hacia Estados Unidos. En 2010, la proporción de cocaína con destino a Estados Unidos que atravesaba el Caribe cayó por debajo del 10%.

Sin embargo, desde principios de la década de 2010 hay indicios de que la ruta por el Caribe está resurgiendo. En 2013, el flujo de cocaína hacia Estados Unidos a través del Caribe habría alcanzado sus niveles más altos en una década. Es probable que, debido a los esfuerzos de interdicción de drogas en México y el resto de Centroamérica -incluidas varias iniciativas lideradas por Estados Unidos-, la ruta del Caribe haya ganado más prominencia.  En 2020, la Administración para el Control de Drogas de Estados Unidos (Drug Enforcement Administration, DEA) informó que cerca del 24% de todo el movimiento de cocaína en el hemisferio occidental pasaba por el mar Caribe.

En la actualidad, grandes cantidades de cocaína, marihuana y otras drogas transitan por la República Dominicana, Haití, Jamaica, Puerto Rico y el Caribe neerlandés.

Los principales métodos utilizados por los traficantes incluyen el envío de drogas en contenedores comerciales, embarcaciones de lujo o lanchas rápidas, aviones privados y a través de vuelos comerciales por medio de correos humanos.

El tráfico en la región se facilita por las largas costas, difíciles de patrullar, el intenso tráfico comercial marítimo y aéreo, que ayuda a ocultar los cargamentos ilícitos, y la corrupción generalizada de los gobiernos y las fuerzas de seguridad.

Las remotas costas caribeñas de los países continentales -como la región centroamericana de la Mosquitia– son puntos clave de despacho y transbordo de la droga, gracias a la limitada infraestructura y presencia estatal en estas zonas.

Aunque la producción de drogas en la región se limita principalmente al cultivo de marihuana a pequeña escala, la marihuana jamaiquina ha sido enviada históricamente a Estados Unidos en grandes cantidades.

Además del tráfico de cocaína, el ingreso de armas de fuego ilegales ha impulsado los conflictos entre bandas, propiciando el crecimiento de los niveles de violencia en el Caribe. En la región circulan cientos de miles de armas de fuego ilegales, muchas de origen estadounidense. Es probable que, sólo en Haití, circulen al menos 270.000 armas de fuego ilícitas.

Así mismo, en lugares como República Dominicana, organizaciones narcotraficantes pagan a grupos locales por sus servicios de venta de drogas y armas de fuego, alimentando un mercado interno de microtráfico y propiciando enfrentamientos entre grupos que buscan controlar el comercio ilícito.

El lavado de activos también es una actividad criminal destacada. El Caribe alberga varios paraísos fiscales, como las Islas Vírgenes Británicas y las Islas Caimán, aprovechadas por los criminales para ocultar ganancias ilícitas.

El trabajo forzado y la explotación sexual son problemas graves en muchos países caribeños, y las víctimas son objeto de trata tanto dentro de la región como fuera de ella.

Grupos criminales

Las organizaciones criminales transnacionales colombianas y mexicanas están involucradas en el tráfico de drogas a través del Caribe, a menudo colaborando con grupos locales.

Los traficantes colombianos han trabajado históricamente en estrecha colaboración con grupos dominicanos y jamaicanos.  Las organizaciones mexicanas organizan el envío de cocaína desde Colombia a través del Caribe hasta el estado costero de Quintana Roo. Los Zetas y el cártel de Sinaloa también han participado en el tráfico a través de República Dominicana en el pasado, pero la influencia actual de los grupos mexicanos en el país no es clara.

Por su parte, las redes de tráfico venezolanas también han consolidado su control sobre el tráfico de oro y el contrabando en el Caribe holandés y Trinidad y Tobago.

En la actualidad, República Dominicana alberga quizá a los grupos de narcotraficantes más sofisticados de todas las naciones caribeñas. Estos colaboran con grupos mafiosos colombianos y europeos para coordinar los envíos de cocaína a Europa y Estados Unidos. Históricamente, los traficantes jamaicanos han supervisado los flujos transnacionales de droga, aunque su influencia puede no ser tan fuerte como antaño.

A nivel local, a las pandillas callejeras caribeñas se les atribuyen las elevadas tasas de homicidio de la región. Aunque la mayoría de estos grupos se dedican al robo, la extorsión y el tráfico de drogas, algunas han sido reclutadas para servir de intermediarias en el comercio internacional de drogas, recibiendo cargamentos en sus costas y organizando su envío a otras naciones.

Las pandillas del Caribe han llegado a ejercer control social y a cooptar al Estado de diversas formas. En países como Jamaica y Haití, por ejemplo, sectores gubernamentales han establecido alianzas políticas con bandas locales para compensar el abandono del Estado de ciertas comunidades. En Trinidad y Tobago, estas organizaciones  también desempeñan funciones sociales clave: sus líderes se autodenominan «líderes comunitarios» y controlan la asignación de puestos de trabajo mediante contratos de obras públicas.La situación de las pandillas en Haití es la más grave del Caribe, con bandas que controlan la mayor parte de la capital, Puerto Príncipe. Estos grupos han aprovechado la crisis de seguridad tras el asesinato del Presidente Jovenel Moïse en 2021 para utilizar Haití como centro de tráfico de drogas y armas.

Fuerzas de seguridad

Muchas naciones caribeñas tienen recursos económicos limitados, presupuestos gubernamentales pequeños y bajos niveles de confianza pública de sus fuerzas de seguridad. Esto se traduce en una escasa capacidad para hacer cumplir la ley, al tiempo que las autoridades nacionales luchan por desplazar el narcotráfico, el tráfico de armas y otras operaciones criminales.

La corrupción en el seno de las fuerzas de seguridad y las élites políticas caribeñas agrava estos problemas, permitiendo a las organizaciones criminales eludir la aplicación de la ley. Según el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, Haití se encuentra entre las diez naciones más corruptas del mundo, seguida de República Dominicana, Surinam, Guyana y Trinidad y Tobago. Aunque la región todavía tiene un largo camino que recorrer para erradicar la corrupción, su puntuación global en el índice es mucho mejor que la de América Latina.

Debido a estos factores limitantes, la cooperación regional contra el tráfico en la región es clave. La Agencia de Implementación para el Crimen y la Seguridad (IMPACS) de la Comunidad del Caribe (CARICOM) promueve una respuesta colectiva a las amenazas del crimen entre los países miembros.

Estados Unidos también contribuye de manera significativa a las operaciones de seguridad en toda la región. La Iniciativa de Seguridad de la Cuenca del Caribe es un programa de ayuda liderado por Estados Unidos que comenzó en 2010 y está orientado a la interdicción de drogas, la seguridad portuaria y la promoción de reformas a la justicia. Hasta el día de hoy, ha proporcionado más de 900 millones de dólares en ayuda a 13 países caribeños. El Mando Sur de EE.UU. también lleva a cabo operaciones antidroga y de vigilancia aérea y marítima en el Caribe en cooperación con los países socios. 

A pesar de esta ayuda, los líderes caribeños han cuestionado el compromiso de Estados Unidos con la seguridad en la región, citando su falta de voluntad para tomar medidas contra el comercio ilegal de armas.

Sistema Judicial

En gran medida, los países del Caribe tienen un pobre historial en el enjuiciamiento de delincuentes y funcionarios estatales corruptos debido a la debilidad y corrupción de sus sistemas judiciales. Según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de 2020, la falta de recursos y la lentitud de las investigaciones policiales provocan a menudo una acumulación de casos penales, lo que impide la aplicación de la justicia. 

Como consecuencia, criminales de alto nivel suelen ser extraditados y juzgados en Estados Unidos. Algunos ejemplos destacados son el traficante dominicano César Peralta, alias «El Abusador«, y el líder de la infame pandilla jamaicana Shower Posse, Christopher Coke, alias «Dudus«.

Prisiones

Las condiciones en muchas prisiones caribeñas son duras debido a sus instalaciones inadecuadas y su hacinamiento extremo. La prisión preventiva es también un problema importante debido al acceso limitado a la asistencia letrada, leyes arbitrarias sobre la libertad bajo fianza y la lentitud del sistema judicial. 

Las elevadas tasas de encarcelamiento son un problema en toda la región, y seis de las 15 más hacinadas del mundo están en las islas caribeñas. 

Haití tiene algunas de las peores condiciones carcelarias del mundo, con prisiones que albergan el triple de su capacidad prevista y donde sólo el 18% de los presos han sido condenados por un delito. Bahamas tiene una de las tasas de encarcelamiento más elevadas del mundo, y en un informe del Departamento de Estado estadounidense de 2021 se le reprochaban las condiciones insalubres y el hacinamiento de la tristemente célebre prisión de Fox Hill.

Algunos de los primeros casos de bandas carcelarias surgieron en prisiones puertorriqueñas, un modelo que desde entonces se ha extendido a muchas naciones latinoamericanas.

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