Colombia acaba de convertirse en el miembro número 19 de la Coalición contra los Carteles de las Américas —más conocida como Escudo de las Américas—, pocos días después de que el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, viajara a Panamá para proclamar su nuevo lema: “Hacemos cosas malas a gente mala”. En The InSight Take de esta semana, la editora general Deborah Bonello y el codirector Jeremy McDermott analizan qué compromisos implica realmente para sus miembros esta coalición, cinco meses después de su creación y aún sin un plan operativo aprobado. Con ataques letales contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que han dejado más de 200 muertos —y sin evidencia de que el flujo de drogas hacia Estados Unidos haya disminuido—, analizan si el Escudo de las Américas realmente puede afectar las operaciones del crimen organizado.
Deborah Bonello (D. B.): [00:00:00] Colombia acaba de convertirse en el miembro número 19 de la Coalición contra los Carteles de las Américas, más conocida como Escudo de las Américas. Vimos al secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, viajar a Panamá para hacer el anuncio personalmente, y allí les dijo a ministros y jefes de defensa de todo el hemisferio que el nuevo lema de la coalición es: “Hacemos cosas malas a gente mala”. También aprovechó la ocasión para instar a los países miembros a abandonar la Corte Penal Internacional.
Así que, cinco meses después de que Donald Trump firmara la proclamación fundacional en su complejo de Doral en marzo, la coalición ha pasado de 17 a 19 países, ha incorporado a un nuevo gobierno colombiano de línea dura y avanza en paralelo a una campaña de ataques letales contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico que ha dejado más de 200 muertos. Pero no tenemos evidencia de que esta campaña haya interrumpido el flujo de drogas hacia Estados Unidos. De hecho, el precio mayorista de la cocaína en Estados Unidos parece estar en un mínimo histórico. Pero sí se han producido algunos cambios en el modus operandi del tráfico de drogas.
Soy Deborah Bonello, editora general de InSight Crime, y esta semana me acompaña nuestro codirector, Jeremy McDermott, para tratar de entender qué es realmente esta coalición, qué compromisos supone para sus miembros y, quizá la pregunta más importante, qué es realmente capaz de lograr.
Jerry, gracias por acompañarme.
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Jeremy McDermott (J. M.): [00:01:27] Es un gusto estar aquí. Y es bueno hablar de algo que, en esencia, va a marcar la política de seguridad de la región durante los próximos dos años, Deb.
D. B.: [00:01:36] Creo que tienes razón. Y pienso que el mejor punto de partida es aclarar algo que podría generar confusión entre quienes nos ven y escuchan hablar del “Escudo de las Américas” y de la “A3C”, sin saber si son lo mismo o dos iniciativas diferentes. ¿Qué nos puedes decir al respecto?
J. M.: [00:01:56] Son lo mismo. Son dos nombres diferentes para una misma iniciativa. El nombre formal, Coalición contra los Carteles de las Américas, surgió un poco después. Al principio se utilizó la denominación “Escudo de las Américas”, que nació de la cumbre fundacional que mencionaste, celebrada en Florida en marzo. Ahora ambos nombres parecen usarse indistintamente.
Quizá lo interesante no sea centrarnos tanto en el nombre, sino en cómo surgió. Antes del anuncio en la cumbre de Doral, Hegseth, Stephen Miller y el comandante del Comando Sur de Estados Unidos (US Southern Command, Southcom), general Francis Donovan, se reunieron con ministros de Defensa de la región en Miami para sentar las bases de la iniciativa. El 7 de marzo, el presidente Trump firmó la proclamación mediante la cual el secretario de Guerra de Estados Unidos estableció la Coalición contra los Carteles de las Américas como una alianza militar que, según la Casa Blanca, se articula en torno a una política de uso de fuerza letal contra carteles y redes narcoterroristas. Ese es el documento fundacional.
Y vale la pena señalar, Deb, que desde que el presidente Trump asumió por segunda vez la presidencia ha incluido a una serie de grupos criminales en la lista de organizaciones terroristas. Y sospecho que no es una coincidencia. Sospecho que esto busca permitir que Estados Unidos ataque a estos distintos grupos criminales con menos riesgos legales. Ahora tenemos 19 países adheridos, con Colombia sumándose tras la elección del presidente Abelardo de la Espriella, quien asumió el cargo a comienzos de este mes.
D. B.: [00:04:00] Sí. Y la incorporación de Colombia parece bastante importante, porque veníamos de un escenario en el que Colombia no estaba en la mesa, México y Brasil tampoco. Así que supongo que esto es algo positivo para la coalición, porque, evidentemente, el expresidente Gustavo Petro, quien fue guerrillero, si no me equivoco, no fue incluido en la reunión fundacional. ¿Qué implica que Colombia se sume?
J. M.: [00:04:28] Bueno, como dijiste, Colombia quedó deliberadamente excluida al principio porque las relaciones entre el presidente Petro y el presidente Trump eran muy malas. De hecho, Estados Unidos incluyó a Petro en una lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro (Office of Foreign Assets Control, OFAC), lo que lo exponía a sanciones por presuntos vínculos con el crimen organizado transnacional. Así que no era precisamente una relación ideal.
Durante los primeros cinco meses de existencia de esta coalición, el país más importante del hemisferio en términos de producción de cocaína y narcotráfico no formó parte de una alianza regional contra las drogas y el crimen. Ahora que De la Espriella se ha sumado, la dinámica cambia porque, entre los países más importantes —junto con México y Brasil, que mencionaste—, al menos uno ya forma parte de esta alianza. Y eso significa que la capacidad de la coalición para tener algún efecto ha aumentado considerablemente.
Quizá valga la pena centrarnos —y podemos retomarlo en un momento, Deb— en que esta coalición no fue diseñada principalmente en función de las dinámicas criminales.
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D. B.: [00:05:57] Sí. Hablemos sobre cómo funciona, porque creo que es bastante difícil precisar qué es realmente esta coalición. ¿Qué obligaciones implica para un país formar parte de ella?
J. M.: [00:06:10] Esa es una excelente pregunta y no parece haber una respuesta clara. Parece ser una agrupación de políticos con posiciones afines. Y aquí es donde, en cierto sentido, estamos esperando que se pase del discurso a la práctica, en términos de alcance operativo, una estrategia definida y, por lo tanto, los objetivos de esta coalición. Objetivos concretos bajo este “nuevo sheriff”, que es como Hegseth y Estados Unidos se describen ahora. Cuando miro a los países firmantes, todos, sin excepción, están políticamente alineados con Washington. Así que hay mucha retórica política alrededor de esto. Hasta ahora, ha habido muy poca acción. Y todavía no hay una definición de qué van a hacer todos estos países, más allá de trabajar juntos, ni cuáles serán los objetivos específicos, aparte del narcotráfico y el narcoterrorismo.
D. B.: [00:07:46] Claro. Y cinco meses después, la coalición todavía no tiene realmente un plan aprobado formalmente. Mientras tanto, vemos los ataques con misiles en el Caribe, que llevan ya casi un año. Creo que comenzaron a principios de septiembre. Y también escuchamos cada vez más al gobierno de Trump hablar de llevar esa campaña a tierra. Hemos visto esas conversaciones durante la última semana. ¿Cómo es posible que todavía no tenga un plan aprobado? ¿Es algo inusual?
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J. M.: [00:08:23] Sí. Deb, creo que “inusual” es una buena forma de describirlo. Miremos otras iniciativas de Estados Unidos. Pensemos en el Plan Colombia, quizá la estrategia estadounidense más ambiciosa contra el narcotráfico, que entró en vigor en Colombia en el año 2000 y tuvo un enorme impacto. Luego están, como bien sabes, las iniciativas en México y Centroamérica, que fueron estrategias muy bien elaboradas y que involucraban un amplio abanico de herramientas, no solo militares. Y no se firmaron ni anunciaron hasta que hubo una estrategia establecida y, muchas veces, contaban con un documento o una declaración que las acompañaba. No hemos visto eso con el Escudo de las Américas. Así que tú y yo tendremos que recurrir en buena medida a la especulación en este punto. Especulemos un poco.
D. B.: [00:09:30] Bueno, un poco. Y algo que tenía la Iniciativa Mérida —y estoy segura de que también los acuerdos con Colombia—, entre otras cosas, eran salvaguardas muy claras en materia de derechos humanos sobre la forma en que se combatía el crimen organizado y el narcotráfico. Y eso me lleva al tema de la Corte Penal Internacional, que, de nuevo, tiene tanto de político como de estratégico, porque Hegseth también incorporó ese elemento a la membresía. Quería aumentar la presión sobre esos países para que, en esencia, abandonaran la Corte Penal Internacional.
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J. M.: [00:10:10] Sí. Aquí hay muchas piezas en movimiento, así que tratemos de desentrañar algunas. Evidentemente, esto tiene más que ver con la agenda de Washington que con enfrentar las amenazas criminales en la región. Y, sin embargo, como bien dices, todo se presenta como parte del Escudo de las Américas, y se está alentando a los aliados a pronunciarse contra la Corte Penal Internacional. Esto no tiene que ver con América Latina. Ni siquiera tiene que ver realmente con los ataques contra embarcaciones, aunque esa sea la razón aparente por la que la Corte Penal Internacional podría llegar a investigar a distintos miembros. Está relacionado con Gaza, Afganistán y varios otros asuntos en Medio Oriente y otras partes del mundo. Así que Washington está intentando incorporar un tema geopolítico bastante delicado dentro de esta alianza. Y si esto se convierte en una condición efectiva para formar parte de ella, entonces cambia la dinámica para los países firmantes, porque esencialmente los obliga a adoptar una postura contraria al derecho internacional tal como lo conocemos. Y muchos de estos países, por supuesto, ya forman parte de la Corte Penal Internacional. Así que es un enorme problema diplomático. ¿Y qué van a recibir a cambio?
En InSight Crime no nos interesa la política salvo en la medida en que afecta las políticas públicas y las estrategias contra lo que estudiamos, que es el crimen organizado transnacional. El respeto por los derechos humanos, que solía estar en el centro de la estrategia y la ayuda de Estados Unidos, ha caído ahora muy abajo en la lista de prioridades y quizá incluso haya desaparecido del panorama. Y cuando planteo esto no lo hago desde una perspectiva liberal, sino porque nuestras investigaciones muestran que los gobiernos y las fuerzas de seguridad necesitan ganarse el respaldo de las comunidades locales si quieren tener alguna posibilidad real de combatir el crimen organizado desde la raíz. Cuando el crimen organizado opera de la mano de la población civil, resulta extraordinariamente difícil enfrentarlo en cualquier nivel.
Matar personas sin juicio, o matar personas cuya identidad ni siquiera se conoce, como ocurre en el caso de las lanchas rápidas; suspender libertades civiles; no respetar el derecho internacional ni el debido proceso: todo esto pone en cuestión la legitimidad del Estado de Derecho y, por lo tanto, la autoridad del Estado y, con el tiempo, puede socavar el respaldo de la población. Por eso me preocupa —y sospecho que volveré sobre esto en nuestra conversación— la diferencia entre obtener una victoria táctica a corto plazo y alcanzar legitimidad y éxito estratégico a largo plazo. Y creo que, al apostar únicamente por el componente táctico, se sacrifica mucho de las posibilidades generales de éxito a largo plazo.
D. B.: [00:13:34] Sí. Y, como dijiste antes, es difícil especular sobre lo que va a lograr la coalición porque todavía no sabemos exactamente qué pretende hacer. Pero ¿tiene potencial? No es nuevo que los países de la región acuerden colaborar con Estados Unidos. Lo hemos visto de manera intermitente durante los últimos 50 años, aunque quizá no a una escala regional tan amplia como la que vemos ahora. Pero, tomando como referencia lo que ya sabemos de otros esfuerzos contra el crimen organizado transnacional en la región, ¿qué podría llegar a conseguir este nuevo impulso?
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J. M.: [00:14:19] Creo que debemos tener mucho cuidado, porque no considero que esto sea algo nuevo. La retórica sí es nueva. Pero Estados Unidos lleva décadas persuadiendo, presionando y, en ocasiones, intimidando a países de la región para que cooperen con Washington y, en muchos casos, entre sí en la lucha contra el crimen organizado transnacional. Esto ha sido una pieza central de la diplomacia y de los esfuerzos de Estados Unidos en nuestra región. Así que no deberíamos presentarlo como algo extraordinario o completamente inédito.
Y estamos absolutamente a favor de la cooperación regional para enfrentar el crimen organizado transnacional. Es la única forma de hacerlo. Si estos países comparten inteligencia, coordinan mejor la capacitación, cooperan para frenar los flujos financieros ilícitos y trabajan juntos para impedir que las redes del crimen organizado transnacional encuentren refugios seguros —redes que no reconocen fronteras y se trasladan hacia donde encuentran menos resistencia—, y si el Escudo de las Américas realmente logra hacer todo esto de una manera mejor, bien pensada e integrada, entonces creo que es algo positivo. Podría generar resultados reales.
Así que no lo veamos como algo completamente nuevo. Lo verdaderamente novedoso es la retórica exclusivamente militar y, quizá, el hecho de que los derechos humanos estén perdiendo peso como parte de la estrategia y el liderazgo de Estados Unidos.
D. B.: [00:16:13] Sí, coincido en que aquí hay cierto cambio de presentación para vender esto como una idea nueva, cuando, como decimos, está lejos de serlo. Supongo que una diferencia frente a la Iniciativa Mérida que vimos en México, por ejemplo, es que esta es puramente militar. Y, en parte, eso tiene que ver con el desmantelamiento de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (US Agency for International Development, USAID) y, en términos generales, con el debilitamiento del poder blando, que prácticamente ha desaparecido del enfoque estadounidense frente al crimen organizado en la región. Pero ¿hemos visto que un enfoque puramente militar tenga éxito en la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado transnacional?
J. M.: [00:16:55] Voy a volver otra vez a la diferencia entre el éxito táctico y el estratégico. Pero la presión de las fuerzas de seguridad es un elemento muy importante de cualquier estrategia antinarcóticos y contra el crimen. Sin embargo, por sí sola, no se ha demostrado que funcione a largo plazo. Veamos qué sí ha funcionado, cuáles son los ejemplos concretos que tenemos.
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Colombia probablemente sea el ejemplo más concreto. Cuando llegué al país en 1997, existía una amenaza real de que Colombia se convirtiera en un narcoestado. Las guerrillas marxistas estaban apostadas en las afueras e incluso dentro de las tres ciudades más grandes —Bogotá, Medellín y Cali—, y el Estado colombiano difícilmente podía afirmar que gobernaba más de la mitad del territorio nacional.
Pero luego la ayuda estadounidense, en forma del Plan Colombia, fue realmente crucial para debilitar a los actores ilegales y llevar a la desmovilización de dos de las organizaciones vinculadas al narcotráfico más poderosas, diría que del mundo y, sin duda, de la región. Una de ellas fueron las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), una organización paramilitar de derecha, que desmovilizó a más de 30.000 personas durante este proceso. Y luego estuvieron las tristemente célebres Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo guerrillero marxista, que desmovilizó a 13.000 personas.
Creo que es difícil exagerar la importancia de esas dos desmovilizaciones para el crimen organizado transnacional, el narcotráfico y la seguridad nacional de Colombia, e incluso para la seguridad regional, porque muchos de estos grupos tenían presencia fuera del país. Pero esto no se consiguió únicamente mediante operaciones militares. Sin duda, fueron una parte importante de la ecuación. Pero la inversión económica y social, las negociaciones prolongadas y las concesiones políticas fueron las que finalmente permitieron alcanzar esos resultados.
Y USAID, que mencionaste, desempeñó un papel importante en este proceso. Era una de las herramientas más poderosas de Estados Unidos para combatir el crimen organizado transnacional. Ya no existe. Y el Escudo de las Américas parece sugerir que puede obtener resultados mediante tácticas y estrategias puramente militares, cuando la historia de la región indica que ese análisis es equivocado.
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D. B.: [00:19:44] Bien, tomemos entonces el ejemplo del presidente Daniel Noboa en Ecuador, alguien que ha adoptado tanto el discurso político como el de seguridad del presidente Trump y que es un aliado muy cercano de Washington. Él mismo ha aplicado un enfoque fuertemente militarizado, ha incluido a las bandas en sus propias listas de organizaciones terroristas y ha utilizado aranceles contra otros países. Y ahora hay operaciones conjuntas con Estados Unidos en territorio ecuatoriano. Ya llevamos dos años con este enfoque. Como observador experimentado de las guerras contra las drogas, ¿cuáles dirías que han sido hasta ahora los resultados en Ecuador?
J. M.: [00:20:28] Sí. El presidente Noboa ha sido uno de los primeros y más entusiastas en adoptar la retórica y las tácticas del presidente Trump. Y, como mencionaste, una de las primeras cosas que hizo al asumir el cargo fue declarar a las bandas del país como organizaciones terroristas y declarar un conflicto armado interno, lo que le permitió desplegar a las Fuerzas Armadas para que asumieran un papel central en asuntos de seguridad nacional y seguridad interna. Y ha habido algunos éxitos en los decesos y capturas de líderes de estos grupos.
Sabemos que la llamada estrategia contra los máximos líderes, que consiste en sacar de circulación a las cúpulas de estas organizaciones, ha tenido resultados mixtos. Y, en muchos casos, incluso ha generado más violencia y más criminalidad, no menos. Sí, hay operaciones conjuntas con fuerzas estadounidenses. Hay intercambio de inteligencia. Hay operaciones marítimas coordinadas. Sin embargo, hasta ahora, nuestro trabajo de campo en Ecuador durante los últimos dos o tres años no ha encontrado evidencia de una reducción significativa del flujo de cocaína a través del país.
Los grupos criminales se han adaptado a las operaciones de las fuerzas de seguridad, se han vuelto más clandestinos y sofisticados. Y algo que está fuera de toda duda es que los homicidios han alcanzado niveles récord bajo el gobierno del presidente Noboa. Ecuador pasó de ser uno de los países más seguros de la región hace apenas siete años a ser uno de los más peligrosos en la actualidad. La tasa de homicidios pasó de poco más de siete por cada 100.000 habitantes en 2020 a 50 por cada 100.000 el año pasado. Así que el país no se ha vuelto más seguro por desplegar a los militares. De hecho, vivir allí se ha vuelto exponencialmente más peligroso.
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D. B.: [00:22:30] Bien. Entonces, teniendo esto en cuenta y mirando hacia el futuro, pensemos en el potencial de esta nueva coalición y en su capacidad para afectar realmente al crimen organizado transnacional y al narcotráfico. ¿Existe una versión de esta iniciativa que pueda producir resultados cuantificables sin crear una estructura que, principalmente, genere un número creciente de muertos? ¿Y que quizá termine produciendo más victorias diplomáticas que cualquier otra cosa? ¿Qué pensás al respecto?
J. M.: [00:23:08] Veamos el vaso medio lleno y concentrémonos en el potencial más positivo. Creo que existe la posibilidad de generar un impacto a corto plazo, dependiendo de hacia dónde se dirijan los recursos y de si se emplean de manera sistemática y constante durante un periodo prolongado.
Lo que hemos visto con los ataques contra las lanchas rápidas, Deb, es que han cambiado el modus operandi. Como era de esperarse, los narcotraficantes ya no quieren utilizar tanto este tipo de embarcaciones. Así que sí ha habido un efecto sobre las rutas y sobre los medios utilizados para transportar las drogas.
Ahora, ¿qué resultados tendrá llevar esta estrategia a tierra firme y que sea adoptada por todos los países que se han sumado al Escudo de las Américas? Eso suponiendo que sus constituciones les permitan desplegar fuerzas junto con Estados Unidos, algo de lo que creo que no se ha hablado demasiado. No es que un presidente pueda simplemente decir: “Claro, que entren las tropas estadounidenses y hagan lo que quieran”. No. Las constituciones de muchos países impiden que fuerzas o tropas extranjeras operen en su territorio sin la aprobación del congreso e incluso, quizá, de las cortes constitucionales.
Pero no nos desviemos. Estamos viendo el vaso medio lleno. Si esto se aplica de manera estratégica y constante, bien podría cambiar las dinámicas criminales.
Algo que hemos aprendido, durante todos estos años estudiando el crimen organizado transnacional es que se trata del negocio más ágil del mundo. Se adapta rápidamente a las nuevas condiciones. Y si tiene infraestructura o líderes vulnerables a ataques u operaciones militares, buscará reducir el riesgo volviéndose más clandestino, ocultándose entre la población civil o, como ocurrió en México con el Cartel de Jalisco Nueva Generación, reforzando su capacidad armada con chalecos antibalas, vehículos blindados y armas calibre 50, y enfrentándose directamente a las fuerzas de seguridad en determinados escenarios. Así que, si volvemos a hablar de una acción militar aislada, puede haber algunas victorias tácticas. Puede obligar a cambiar ciertas dinámicas criminales.
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Pero esto no va a tener ningún efecto real a largo plazo a menos que quienes diseñan la estrategia estén pensando en lo que viene después. Sabiendo que el crimen organizado se va a adaptar, tienen que anticiparse varios movimientos: pensar cómo van a reaccionar estos grupos y adelantarse a esa respuesta con determinadas medidas.
El problema es que las herramientas militares son muy limitadas. Si los grupos se esconden entre la población civil y dejan de ofrecer objetivos claros para las fuerzas armadas, entonces el aparato militar se convierte en una herramienta poco precisa e incluso contraproducente para esta lucha. Podríamos ver al crimen organizado profundizar sus vínculos con las comunidades locales y ampliar sus formas de gobernanza criminal. Y puede que este remedio termine agravando la enfermedad, en lugar de generar cambios estratégicos y duraderos que ayuden a América Latina a contener y, con suerte, comenzar a desmantelar el crimen organizado transnacional y el narcotráfico.
D. B.: [00:27:07] Sí. Creo que este es un buen punto para dejarlo. Podríamos hablar de esto eternamente. No entremos en cómo las organizaciones criminales están adoptando el ciberdelito, las criptomonedas y tantas otras…
J. M.: [00:27:24] La guerra con drones.
D. B.: [00:27:26] Sí. Hay muchísima innovación tecnológica dentro de estas organizaciones criminales, y los gobiernos ya se están quedando rezagados. Así que creo que todo dependerá realmente de los detalles de la estrategia que adopten en los próximos meses y años, y de si termina produciendo alguna evidencia de que está funcionando. Y, por supuesto, estaremos muy atentos a ese documento estratégico, o a esa claridad estratégica, si finalmente llegan. ¿Cierto, Jerry?
J. M.: [00:27:57] Sí, lo analizaremos a fondo, suponiendo que haya algo que analizar.
D. B.: [00:28:03] Muchas gracias por acompañarnos en nuestro análisis semanal en video sobre las principales noticias de crimen organizado en América Latina.
Pueden encontrarlo en nuestro sitio web, en la sección multimedia, así como en YouTube y Spotify. Si hay alguna noticia o tema que les gustaría que analizáramos, pueden escribirnos a flagship@insightcrime.org.
Volveremos la próxima semana con otro InSight Take. Hasta entonces.




