“Comprar droga no es al gusto, simplemente es lo que haya”. Así es como muchos consumidores de drogas en el norte de México describen la transformación que han atravesado los mercados locales de drogas ilícitas en la última década.
Eugenia,* por ejemplo, recuerda cuando empezó a inyectarse heroína en Mexicali, una ciudad fronteriza del estado de Baja California, hace unos 25 años. En aquel entonces, conseguir la droga era un proceso sencillo. Compraba al por mayor a un dealer de confianza —que generalmente operaba de forma independiente a las grandes organizaciones narcotraficantes de México— y podía tener casi la certeza de que lo que compraba era exactamente lo que quería.
Hoy, la realidad de Eugenia es radicalmente distinta. Ahora consume fentanilo, un opioide sintético hasta 50 veces más potente que la heroína, pero esto no fue su elección. Hace unos 10 años, los distribuidores locales empezaron a cortar la heroína con fentanilo de forma clandestina sin que los consumidores lo supieran ni lo consintieran.
Varios factores impulsaron este cambio. Uno estaba vinculado a dinámicas más amplias del narcotráfico. Las redes criminales mexicanas que abastecían el mercado de opioides de Estados Unidos descubrieron que el fentanilo, importado en su momento principalmente desde China, había empezado a sustituir a la heroína. A medida que los precios cayeron y la producción se desaceleró, muchos productores y traficantes giraron hacia las drogas sintéticas, incluido el fentanilo, que ofrecía ventajas económicas significativas. A diferencia de las drogas derivadas de plantas, el fentanilo podía mezclarse fácilmente con otras sustancias, traficarse en cantidades menores y requería una inversión mucho más baja para su producción.
El otro factor provino del mundo criminal. En las últimas dos décadas, las grandes organizaciones narcotraficantes de México han atravesado una prolongada fragmentación, dividiéndose en facciones más pequeñas, más localizadas y cada vez más depredadoras. En Mexicali, por ejemplo, los Rusos —que en su momento eran un brazo armado del Cartel de Sinaloa— se atrincheraron en la ciudad y sus alrededores para controlar un cruce fronterizo estratégico. Con el tiempo, reorientaron su enfoque hacia el dominio de los mercados criminales locales, y el narcomenudeo se convirtió en uno de sus principales objetivos.
Los dealers, como aquellos a los que Eugenia solía comprar, fueron desplazados u obligados a alinearse. Los Rusos impusieron un sistema estricto para garantizar que solo sus vendedores autorizados pudieran operar. Las dosis se estandarizaron, los empaques se marcaron con sellos de autorización y las ventas se controlaron de forma rigurosa —dictando exactamente qué se vendía, dónde y quién lo hacía.
VEA TAMBIÉN: 5 modelos de control criminal sobre los mercados de fentanilo en el norte de México
Cuando el fentanilo fue introducido, el impacto en las calles fue devastador. Sin saber que había entrado en circulación, muchos consumidores sufrieron sobredosis y muertes que el Gobierno mexicano aún no ha documentado en su totalidad. La droga también trajo nuevas consecuencias para la salud: síntomas de abstinencia más severos, mayor ansiedad, dolor físico intenso y lesiones cutáneas graves. Pero los consumidores tenían pocas opciones. Los Rusos controlaban el suministro y encontrar heroína “pura” se volvió prácticamente imposible.
“A mí no me gusta el fentanilo, pero no es como que yo pueda pedirles que solo me vendan chiva [heroína]. Ahora solo puedes comprar lo que ellos te dan”, dijo Eugenia.
La historia de Eugenia es el eco de decenas de testimonios recogidos por InSight Crime durante los últimos dos años en los estados fronterizos de Baja California, Sonora y Chihuahua, donde los mercados locales de drogas han atravesado transformaciones similares.
A medida que la política internacional de drogas avanza hacia estrategias de salud pública, las experiencias en el norte de México sugieren que el control criminal sobre los mercados locales, y las decisiones que los actores criminales toman respecto al suministro, pueden obstaculizar severamente estos esfuerzos.
A continuación, examinamos cuatro formas en que estas dinámicas se han manifestado en el terreno.
Nuevos adulterantes y mezcla de sustancias
Para finales de 2023, muchos consumidores de fentanilo en Mexicali y Tijuana —otra ciudad fronteriza de Baja California fuertemente afectada por esta droga— habían desarrollado tolerancia al fentanilo o habían aprendido formas más seguras de consumirlo, en gran medida gracias al trabajo de las organizaciones locales de reducción de daños. Durante un tiempo, esto ayudó a estabilizar el número de muertes por sobredosis.
Pero entonces la situación cambió.
Los consumidores empezaron a sufrir sobredosis con mayor frecuencia y gravedad. Incluso después de recibir naloxona —el antídoto para tratar las sobredosis de opioides—, algunos permanecían sedados durante horas. Otros desarrollaron heridas abiertas severas en la piel, que a veces terminaban en necrosis, algo que no habían visto antes. También se multiplicaron los reportes de ansiedad extrema y ataques de pánico.
Alarmadas, las organizaciones comunitarias locales comenzaron a hacer pruebas y descubrieron que la xilacina, un sedante veterinario no aprobado para uso humano, había entrado silenciosamente en el suministro de fentanilo.
El origen del problema apuntaba a la producción de fentanilo en el estado de Sinaloa. Ante una escasez temporal de precursores químicos clave, InSight Crime encontró que muchos productores habían recurrido a la xilacina y otros tranquilizantes veterinarios, como el zoletil, para aumentar el volumen de su producto e incrementar las ganancias. Estos lotes fueron luego mezclados con cargamentos de fentanilo no adulterado antes de llegar a los mercados minoristas.
Para cuando las drogas llegaron a las calles, era imposible saber qué dosis contenían xilacina. Ni los vendedores ni los consumidores podían distinguirlo, hasta que la consumían.
“Es la primera vez que de verdad no sé qué es lo que me estoy metiendo”, dijo Eugenia.
En respuesta, las organizaciones comunitarias comenzaron a pedir a los consumidores que llevaran parafernalia y empaques de droga para analizarlos con tiras reactivas que detectan xilacina, lo que les permitía saber de antemano si su dosis la contenía. Pero la ola se disipó tan rápido como había llegado, lo que puso en evidencia lo volátiles que pueden ser los mercados de drogas sintéticas. Para abril de 2024, cuando las autoridades sanitarias finalmente emitieron una alerta oficial, la xilacina había desaparecido prácticamente de las calles de Tijuana y Mexicali.
Ahora, otra preocupación ha surgido para los centros de tratamiento, las organizaciones de reducción de daños y el personal de emergencias a lo largo de la frontera. La mezcla de múltiples sustancias, particularmente la combinación de fentanilo con drogas estimulantes, está ampliando los riesgos de sobredosis a poblaciones que van más allá de los consumidores de opioides.
En mayo de 2025, cinco jóvenes murieron en Ciudad Juárez, Chihuahua, luego de consumir lo que creían que era cocaína. Las pruebas toxicológicas revelaron posteriormente que habían consumido cocaína mezclada con rastros de fentanilo. Los casos estaban dispersos por la ciudad y no se registraron sobredosis similares en los meses siguientes, lo que llevó a las autoridades a concluir que las muertes estaban vinculadas a un solo cargamento contaminado, según entrevistas de InSight Crime. Aun así, el personal de emergencias temía que otro cargamento adulterado pudiera llegar en cualquier momento, y no había manera de anticiparlo.

En otro punto de la frontera, en Tijuana, el director de una red de centros de tratamiento, quien habló bajo condición de anonimato, señaló que en junio de 2025 comenzó a administrar pruebas de orina y sangre específicas para fentanilo a los pacientes que ingresaban. De los más de 400 pacientes que su organización atiende en toda la ciudad, aproximadamente el 70% dio positivo a fentanilo, aunque solo cerca del 10% reportó consumirlo de manera consciente. El resto afirmó haber consumido únicamente metanfetamina.
Esto ha complicado los protocolos de tratamiento. El director señaló que los períodos de desintoxicación se han vuelto más difíciles de manejar. Por ejemplo, los consumidores de metanfetamina suelen dormir durante períodos prolongados durante la abstinencia, pero recientemente muchos experimentaron insomnio prolongado —un síntoma más comúnmente asociado con la abstinencia de opioides—, seguido de hipersomnia extrema, lo que requirió ajustes constantes en su medicación.
“A pesar de que hemos logrado estabilizar la crisis del fentanilo, cuando hay mezclas con nuevas sustancias vuelve a haber retos”, dijo Alfonso Chávez, quien dirige el programa de reducción de daños de Prevencasa, una organización comunitaria en Tijuana.
Alteración de la potencia de las drogas
Para muchos consumidores de fentanilo en la frontera, el consumo tiene menos que ver con los efectos recreativos y más con evitar “la malilla”, los dolorosos síntomas de abstinencia que provoca la droga. Pero a principios de 2025, los consumidores en el centro de Mexicali empezaron a notar que las dosis que compraban en sus puntos de venta habituales ya no eran lo suficientemente fuertes para contener la abstinencia.
Eugenia, por ejemplo, que normalmente consumía dos o tres veces al día, se vio obligada a casi duplicar su consumo para lograr el efecto deseado.
Ante la misma situación, muchos consumidores comenzaron a buscar desesperadamente nuevos puntos de venta con la esperanza de encontrar dosis más potentes. La voz se corrió rápido y muchos se desplazaban por la ciudad en grupos. Pero cada vez que encontraban una fuente confiable, la potencia volvía a caer al cabo de unas pocas semanas, según contaron Eugenia y otros consumidores a InSight Crime. En un par de meses, muchos fueron empujados a las afueras de la ciudad, el único lugar donde aún había dosis más fuertes disponibles.
Las razones detrás de este cambio siguen siendo inciertas. Algunas fuentes sugirieron que la reducción de pureza fue una orden “de arriba”: una decisión de los Rusos, posiblemente destinada a sacar a los consumidores del centro de la ciudad, que también es una zona turística y una plaza para otros mercados criminales. Otros creían que reflejaba la irregularidad del suministro de fentanilo de los Rusos desde Sinaloa, donde las facciones criminales continúan enfrascadas en una guerra sangrienta, mientras que otros actores en las afueras de la ciudad supuestamente aún tenían acceso.
Independientemente de la intención, el cambio en la potencia tuvo graves consecuencias para los consumidores.
VEA TAMBIÉN: ¿Los cambios en el suministro de fentanilo explican la reducción de sobredosis en EE. UU.?
En primer lugar, los consumidores obligados a desplazarse a las afueras de la ciudad en busca de dosis más fuertes enfrentaron un mayor riesgo de violencia por parte de grupos criminales o acoso policial. El estricto control de los Rusos sobre el mercado de drogas significa que comprar a actores fuera de su red puede ser mortal. Además, todos los consumidores entrevistados por InSight Crime mencionaron la detención o extorsión policial mientras se desplazaban por la ciudad como una de sus mayores preocupaciones.

El segundo impacto fue el deterioro del acceso a servicios de salud y de reducción de daños. Una vez que los consumidores localizaban a un vendedor con dosis lo suficientemente potentes para aliviar la abstinencia, tendían a quedarse cerca, ya que necesitaban comprar varias veces al día. Esto significaba estar lejos del centro de Mexicali, donde se concentran la mayoría de los servicios de salud, incluyendo atención médica, programas de intercambio de jeringas y acceso a naloxona. Los trabajadores de reducción de daños dijeron a InSight Crime que la asistencia a estos servicios disminuyó durante este período de escasez.
En tercer lugar, para quienes no lograban encontrar dosis más potentes, la única forma de aliviar los síntomas de abstinencia era aumentar el consumo, como en el caso de Eugenia. Esto implicaba más inyecciones al día, lo que elevaba el riesgo de contraer enfermedades de transmisión sanguínea cuando se compartían jeringas, así como otras infecciones asociadas a la inyección. Si bien no se dispone de estadísticas públicas actualizadas, una trabajadora de salud municipal en Mexicali, quien habló bajo anonimato por no estar autorizada a declarar públicamente, indicó a InSight Crime que ha observado un aparente aumento de casos de hepatitis C en la ciudad desde principios de año, en coincidencia con estos cambios.

Finalmente, la inconsistencia en la potencia también altera la tolerancia de los consumidores. Cuando las personas consumen regularmente dosis más débiles, su tolerancia al fentanilo disminuye gradualmente. Como resultado, si consumen inesperadamente un lote más fuerte, el riesgo de sobredosis aumenta drásticamente.
Los trabajadores locales de reducción de daños confirmaron a InSight Crime que esto fue exactamente lo que ocurrió. Alrededor de agosto de 2025, la potencia de las drogas en el centro de la ciudad volvió a subir luego de varios meses, lo que desencadenó un pico de sobredosis.
“Para nosotros esto todavía es una crisis. No hay una estandarización en la potencia de las dosis, por lo que todavía vemos de repente picos de sobredosis”, dijo Lourdes Angulo, directora de Verter A.C., una organización local de reducción de daños.
Restricciones impuestas al mercado
En algunas ciudades, los grupos criminales han adoptado un enfoque mucho más restrictivo hacia el fentanilo que en Mexicali y Tijuana.
El caso de Nogales, una ciudad fronteriza del estado de Sonora con una población de consumidores de heroína de larga data, es ilustrativo. Durante años, el acceso a la heroína en Nogales ha sido restringido por facciones del Cartel de Sinaloa y los Salazar, un clan familiar local que ha consolidado el control sobre algunas rutas de tráfico en Sonora. En muchos sentidos, ambos grupos han priorizado el mantenimiento de operaciones transfronterizas seguras por encima de fomentar un mercado local de drogas.
Como resultado, la disponibilidad de heroína ha fluctuado, con breves períodos de acceso seguidos a menudo de prohibiciones que generan escasez. La distribución ha estado principalmente en manos de actores “clandestinos” independientes, conectados al comercio internacional de drogas, pero que operan fuera del control de los grupos criminales dominantes. Esto ha hecho que el mercado local sea peligroso para los consumidores.
En este contexto, las pastillas de fentanilo —que ya se traficaban en grandes cantidades a través de la frontera de Nogales— entraron al mercado local en 2016. Actores independientes las introdujeron como alternativa para los consumidores de heroína durante un período de escasez. Si bien las pastillas aliviaban los síntomas de abstinencia, los consumidores dijeron a InSight Crime que también provocaron picos de sobredosis que nunca habían experimentado con la heroína, y que les generaron una adicción más severa. Los consumidores ya no podían pasar días sin consumir, o experimentaban dolor intenso, ansiedad, ataques de pánico e insomnio. La necesidad de encontrar la siguiente pastilla se volvió urgente.
Sin embargo, las prohibiciones criminales hacían que esta búsqueda fuera extremadamente riesgosa. Varios consumidores entrevistados por InSight Crime dijeron haber sido torturados por buscar fentanilo y conocían personas que habían sido asesinadas o desaparecidas por los grupos criminales locales por venderlo o consumirlo. Pero sin alternativas legales —los tratamientos con metadona no están disponibles en Nogales desde 2020— y con la heroína que ya no les ofrecía alivio, los consumidores decidían asumir el riesgo.
“Cuando ya consumiste fentanilo, la heroína es como agua. No te cura la malilla. Lo más importante es encontrar la siguiente pastilla, te urge”, dijo una consumidora de fentanilo en Nogales a InSight Crime.

El entorno violento y altamente controlado de la ciudad también ha asfixiado las intervenciones de salud pública dirigidas a estos consumidores. Un trabajador de salud municipal, quien habló de manera anónima por razones de seguridad, señaló que en 2016 su equipo dejó de visitar los sitios de consumo de opioides para ofrecer servicios como intercambio de jeringas, pruebas de enfermedades de transmisión sanguínea y atención médica, debido a la vigilancia constante de los grupos criminales.
“Por seguridad nos prohibieron ir a los picaderos porque el cartel prohibió el consumo de opioides e incluso nos llegaron a amenazar cuando íbamos. La instrucción oficial fue ya no salir a campo”, dijo.
Aunque los servicios seguían disponibles en sus oficinas, los consumidores de fentanilo rara vez los buscaban. Desplazarse por la ciudad conlleva el riesgo de ser detenido por grupos criminales o por la policía, y ser sorprendido con drogas “prohibidas”, como las pastillas de fentanilo, puede ser una sentencia de muerte. Muchos consumidores también temen admitir que consumen fentanilo por miedo a ser entregados a los grupos criminales.
Con las organizaciones de la sociedad civil igualmente limitadas, la única opción que les queda a los consumidores de fentanilo es el tratamiento basado en la abstinencia. Estos programas operan en centros privados, frecuentemente no regulados, que a menudo carecen de medicamentos para aliviar la abstinencia y no están preparados para manejar dependencias de fentanilo específicamente. Para muchos consumidores, estos centros funcionan menos como opciones de tratamiento y más como refugios cuando las calles se vuelven demasiado peligrosas.
“Sentía que me iba a morir por la malilla o porque la mafia me iba a agarrar. Por eso me interné”, dijo un consumidor de fentanilo a InSight Crime en uno de los centros de tratamiento de Nogales.
En otras ciudades, los grupos criminales han impuesto restricciones diferentes que, aunque menos severas, también tienen graves consecuencias para la salud. Por ejemplo, en la capital sonorense, Hermosillo, así como en Mexicali, han limitado la venta de pipas para fumar a vendedores autorizados. Fumar es un método de consumo que, si bien no está exento de riesgos, se ha asociado con tasas más bajas de sobredosis y evita las infecciones asociadas a la inyección. En Tijuana, la organización de reducción de daños Prevencasa ha alentado a los consumidores de fentanilo a hacer el cambio y, al menos de forma anecdótica, ha observado resultados prometedores.
Sin embargo, en Hermosillo y Mexicali, las restricciones criminales impiden que las organizaciones de la sociedad civil y las autoridades sanitarias distribuyan pipas como alternativas más seguras. Como resultado, muchos consumidores siguen inyectándose en lugar de arriesgarse a exponerse a represalias de grupos criminales.
Fronteras invisibles
En las ciudades donde múltiples grupos criminales controlan el mercado de drogas, estos grupos suelen establecer límites territoriales estrictos y dictar dónde y qué pueden comprar o consumir los usuarios.
Ciudad Juárez ofrece un ejemplo claro. La venta de drogas al menudeo está controlada por organizaciones criminales y pandillas que han dividido la ciudad en microterritorios. Estas fronteras invisibles están definidas en gran medida por las sustancias que se permiten en cada zona.
Las facciones vinculadas al Cartel de Juárez —incluyendo La Línea, La Empresa y Barrio Azteca— controlan las zonas centro y norte de la ciudad. En su territorio, la heroína, la cocaína y la marihuana están permitidas, pero la venta de metanfetamina está estrictamente prohibida. En contraste, los grupos alineados con el Cartel de Sinaloa —como los Mexicles y los Artistas Asesinos— dominan los barrios del sur y la periferia, donde la metanfetamina, la cocaína y la marihuana están permitidas, pero la heroína está prohibida. En ambas zonas, el consumo y la distribución de fentanilo siguen estrictamente restringidos.

Estas reglas se aplican de forma implacable. Entrar a un barrio a comprar o vender una droga “prohibida” puede poner en grave riesgo tanto a consumidores como a vendedores. El fiscal regional Carlos Salas dijo a InSight Crime que aproximadamente el 85% de los homicidios en Juárez están vinculados al mercado local de drogas, incluyendo la violencia derivada de la imposición de estos límites territoriales.
Pero más allá de alimentar la violencia, estas divisiones también generan importantes barreras de salud pública. Según Lizeth Gutiérrez, titular regional de la Comisión Estatal de Atención a las Adicciones (CEAADIC), alrededor de siete de cada 10 consumidores de drogas en Ciudad Juárez consumen más de una sustancia. Es común combinar heroína con benzodiazepinas o crack, y desde que la metanfetamina comenzó a circular ampliamente a finales de la década de 2010, algunos consumidores también mezclan heroína y metanfetamina para equilibrar o intensificar los efectos.
Estos patrones obligan a muchos consumidores a violar las reglas criminales y cruzar los límites territoriales para acceder a las sustancias que desean. Varios consumidores entrevistados por InSight Crime dijeron que consumen solos y a escondidas para evitar ser detectados por los grupos criminales, lo que aumenta el riesgo de una sobredosis fatal, ya que no hay nadie cerca para intervenir. Los consumidores de fentanilo enfrentan un peligro aún mayor, dado que la droga está prohibida en toda la ciudad.
Buscar tratamiento o atención médica es igualmente riesgoso. Un funcionario local de salud, quien habló bajo condición de anonimato por no estar autorizado a declarar públicamente, explicó que muchos consumidores de metanfetamina que se inyectan evitan los programas de intercambio de jeringas, los sitios de pruebas de enfermedades de transmisión sanguínea y las clínicas de sustitución con metadona —si también consumen heroína— porque la mayoría de estos servicios están ubicados en el centro de la ciudad, donde el consumo de metanfetamina está restringido.
“Sobre todo si en algún momento los asocian a alguna de las pandillas ‘contrarias’, se arriesgan incluso a ser asesinados si llegan hasta acá”, dijo el funcionario.
Hasta los centros de tratamiento han tenido que adaptarse a estas restricciones. Otra trabajadora de salud, quien también habló de manera anónima por no estar autorizada a declarar públicamente, explicó que las derivaciones de pacientes deben respetar los límites criminales: los consumidores de heroína no suelen ser enviados a clínicas en zonas donde solo se permite la metanfetamina, y los consumidores de metanfetamina evitan los centros ubicados en zonas dominadas por la heroína.
Para los policonsumidores, la situación es aún más compleja.
“Por seguridad, muchos no admiten que consumen metanfetamina o fentanilo, lo que complica el tratamiento”, dijo la trabajadora de salud.
*El nombre de la fuente ha sido cambiado por razones de seguridad.
Angélica Ospina, Cecilia Farfán, Bianca Acuña, Steven Dudley y Mike LaSusa contribuyeron a este reportaje.



