Mientras me acercaba a la primera estructura monumental de la antigua ciudad maya ubicada en lo profundo del Parque Nacional Sierra del Lacandón, en Guatemala, los grafitis de color rojo sobre uno de los muros exteriores parecían fuera de lugar. Eran una clara señal de que ni siquiera estas maravillas naturales están a salvo del control territorial de los grupos criminales que impulsan la deforestación en esta región selvática.
Era poco después del amanecer de una mañana de julio. Me había subido a una angosta embarcación de madera con un solo motor fuera de borda, a orillas del río Usumacinta. Las nubes bajas sobre el horizonte ocultaban el intenso verde de la selva de esta parte de la frontera entre México y Guatemala.
Cuando partimos, el cielo estaba despejado y el agua en calma. Navegamos río arriba hacia Piedras Negras, una ciudad maya precolombina ubicada unas dos horas al norte. Es uno de los sitios arqueológicos más grandes de esta parte de la cuenca del río, pero en los últimos años estas áreas protegidas también se han convertido en blanco de redes criminales que saquean la selva.
Al bajar de la embarcación, subimos por la ribera y nos internamos en la Sierra del Lacandón. Después de pasar por un sitio funerario sagrado, nos acercamos a una estructura que albergaba un baño de vapor que los mayas utilizaban para purificar el cuerpo y el alma antes de las ceremonias religiosas. Mientras observaba con atención el lugar, me sorprendió descubrir que uno de sus muros exteriores había sido vandalizado con una serie de letras y símbolos pintados con aerosol.


Pero allí, en la tranquilidad de la selva, lejos del alcance de las autoridades ambientales y las fuerzas de seguridad, algo igual de inquietante había crecido sin control. Los guardaparques que me acompañaban explicaron que los grafitis sobre aquel muro de Piedras Negras marcaban la división del control territorial entre los grupos criminales que operan en esta zona del parque.


A lo largo de los años que llevo investigando el crimen organizado en América Latina, me he acostumbrado a encontrar grafitis de grupos criminales. En México, he visto cómo grupos como las facciones de Los Chapitos y La Mayiza del Cartel de Sinaloa marcan su presencia con distintos símbolos. Y en Honduras, he recorrido barrios donde pandillas callejeras como el Barrio 18 y la MS13 pintan sus números en las paredes para identificar sus zonas de control.
Desde mediados de la década de 2000, grupos narcotraficantes se han repartido amplias zonas de la Sierra del Lacandón para recibir cargamentos de cocaína procedentes de Suramérica en pistas clandestinas abiertas en medio de la selva. Desde allí, hay poca distancia hasta el río y luego hacia México, donde facciones asociadas al Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) transportan esos cargamentos hacia los consumidores en Estados Unidos. Con el tiempo, estos grupos también han establecido grandes fincas ganaderas para lavar las ganancias del tráfico de drogas y ganarse el respaldo de las comunidades locales, cuyos habitantes son contratados para construirlas y administrarlas.
Para los guardaparques de Guatemala, proteger el medio ambiente en esta zona es una tarea titánica. Cuando realizan patrullajes terrestres, no son bien recibidos, van desarmados y están acompañados por apenas uno o dos miembros de la policía o el ejército. Las redes criminales a las que se enfrentan, en cambio, cuentan con armas de alta potencia como fusiles AK-47. Sus machetes, según dijeron, no pueden competir contra eso.

“Muchas veces ni siquiera se puede entrar a ciertas comunidades”, dijo uno de los guardaparques. “Y algunos defensores de la tierra han sido asesinados, así que han cumplido las amenazas que nos han hecho”.
Estos guardaparques están en la primera línea de una catástrofe ambiental impulsada en gran medida por el avance del crimen organizado en las áreas protegidas de Guatemala. Y mientras estas redes criminales continúan arrasando la selva para facilitar el tráfico de drogas y la ganadería ilegal, replantear las estrategias utilizadas para combatirlas es más urgente que nunca.
Para conocer más sobre las dinámicas criminales que impulsan la inseguridad y la deforestación en Centroamérica, consulte nuestra cobertura reciente sobre crimen ambiental.




